Hans-Georg Gadamer

Hans-Georg Gadamer: Verdad y método

En esta entrada sobre Verdad y método (Wahrheit und Methode), de Hans-Georg Gadamer , recorremos y analizamos uno de los textos decisivos de su “hermenéutica filosófica”: una obra que redefine qué significa comprender, desplazando el eje desde el método científico hacia la experiencia histórica del sentido.

Gadamer escribe esta obra en un contexto en el que la ciencia se había consolidado como el modelo dominante de verdad, imponiendo sus criterios de objetividad, verificación y método como parámetro casi exclusivo de lo cognoscible. En ese escenario, todo aquello que no podía medirse, demostrarse o verificarse quedaba progresivamente relegado a un segundo plano, como si careciera de auténtico valor de conocimiento.

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Hans-Georg Gadamer

Su apuesta resulta, entonces, audaz: afirmar que existen experiencias de la “verdad” que no pasan por el control del método y que, sin embargo, estructuran nuestra relación con el mundo. Así, el alcance de la cuestión no se limita a la “interpretación de textos”: está en juego algo más amplio. ¿Cómo entendemos una obra de arte? ¿Cómo leemos la historia? ¿Cómo dialogamos con una tradición que no elegimos pero que nos constituye? E incluso, en un nivel más básico: ¿cómo nos comprendemos a nosotros mismos?

Gadamer se forma en el clima intelectual del neokantismo alemán, aunque su trayectoria filosófica toma un rumbo decisivo a partir del encuentro con Martin Heidegger. En su período formativo, la filosofía alemana estaba fuertemente marcada por el neokantismo, corriente que retoma a Immanuel Kant y reorganiza la filosofía en torno al problema del conocimiento: cómo es posible la ciencia, cuáles son sus condiciones de validez y qué estructura tiene la objetividad.

En ese clima, la filosofía adquiere un tono marcadamente epistemológico, con la prioridad puesta en la fundamentación, la justificación racional y la claridad de los conceptos. Gadamer recibe esa formación y se educa en un ambiente donde la precisión conceptual y el ideal científico funcionan como referencia dominante. Esto deja una huella importante: su obra nunca pierde del todo ese nivel de exigencia ni esa preocupación por la legitimidad del conocimiento.

No obstante, ese marco comienza a resultar insuficiente cuando Gadamer entra en contacto con Heidegger. El impacto es profundo porque Heidegger desplaza el problema filosófico hacia otro terreno: la pregunta deja de centrarse en las condiciones del conocimiento científico y se dirige hacia la comprensión como rasgo constitutivo de la existencia humana. Comprender ya no aparece como una actividad puntual, sino como una forma básica de estar en el mundo.

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Así, Gadamer parte del giro de Heidegger en Ser y tiempo, donde la comprensión deja de ser un método y pasa a ser una condición de nuestra existencia. Pero también recoge un segundo movimiento, presente en la Carta sobre el humanismo: la idea de que el lenguaje no es un “instrumento”, sino el ámbito en el que el ser mismo se manifiesta. Ese doble trasfondo es el que sostiene todo el desarrollo de Verdad y método.

Por otra parte, la influencia de Hegel en Verdad y método es decisiva, aunque no siempre explícita. Gadamer retoma de Hegel la idea de que la verdad no es algo fijo que el sujeto simplemente “contempla”, sino un proceso que se realiza históricamente, en el despliegue del sentido y en la mediación entre lo particular y lo universal. Esta herencia se nota especialmente en la concepción dialéctica de la comprensión: no como aplicación de un método, sino como un movimiento en el que el sentido se va realizando en la relación entre tradición e intérprete. Sin embargo, Gadamer se separa de Hegel al abandonar el “sistema absoluto”: allí donde Hegel ve la culminación del Espíritu, Gadamer insistirá en la finitud de toda comprensión y en su carácter abierto, siempre expuesto a nuevas interpretaciones.

En definitiva, Gadamer no se limita a seguir a Heidegger o Hegel, sino que introduce un desplazamiento propio. Mientras Heidegger acentúa la dimensión existencial y ontológica del comprender, Gadamer dirige la atención hacia sus formas históricas concretas: le interesa cómo comprendemos textos, obras y tradiciones; cómo el pasado sigue actuando en el presente; cómo el lenguaje articula esa continuidad. El resultado es una filosofía que ya no busca fundamentar el conocimiento desde un punto de vista externo, sino describir el modo en que estamos siempre ya implicados en procesos de sentido que nos preceden.

Hegel y Heidegger
Hegel y Heidegger

El proyecto de Verdad y método

La obra principal de Gadamer, Verdad y método, aparece en 1960, en un contexto marcado por la reconstrucción cultural de la posguerra y por el predominio del ideal científico moderno. Las ciencias naturales se presentan como modelo de conocimiento riguroso, mientras que las ciencias humanas buscan justificar su estatuto. En ese escenario, Gadamer interviene desplazando la pregunta: en lugar de discutir cómo deben funcionar esas ciencias, indaga qué ocurre en la experiencia misma de “comprender”. El proyecto tiene, por tanto, un alcance claramente filosófico.

Verdad y método

En el primer tramo de la obra, Gadamer desarticula una serie de supuestos que solemos dar por evidentes: que el conocimiento exige “distancia”, que el intérprete puede situarse “fuera de lo que interpreta”, que el sentido “está ahí” esperando ser reconstruido correctamente. Su argumentación apunta en otra dirección: muestra que siempre estamos involucrados, que toda comprensión ocurre dentro de una historia y que el lenguaje no es un medio “neutral”, sino el lugar mismo donde el mundo adquiere sentido.

El punto de partida de Gadamer consiste en reconocer una limitación constitutiva del concepto moderno de conocimiento: la identificación entre verdad y método deja fuera amplios sectores de la experiencia humana. El arte, la historia y la filosofía contienen formas de verdad que no se dejan verificar mediante procedimientos científicos. Gadamer sitúa allí el núcleo de su investigación: esclarecer esas experiencias en las que aparece una “verdad” que excede el control metodológico. Esto implica abandonar la expectativa de encontrar “reglas universales de interpretación”, dado que la comprensión aparece como un fenómeno previo a cualquier formalización: antes de toda técnica, ya estamos comprendiendo. Dice este autor:

Con ello, la conciencia hermenéutica adquiere una extensión tan abarcante que llega incluso más lejos que la conciencia estética. La estética debe subsumirse en la hermenéutica. Y este enunciado no se refiere meramente a las dimensiones formales del problema, sino que vale realmente como afirmación de contenido. Y, a la inversa, la hermenéutica tiene que determinarse en su conjunto de manera que haga justicia a la experiencia del arte. La comprensión debe entenderse como parte de un acontecer de sentido en el que se forma y se realiza el sentido de todo enunciado, tanto del arte como de cualquier otro género de tradición.

El arte, el juego y la experiencia estética

El análisis gadameriano comienza, así, por el arte porque es allí donde la cuestión se vuelve especialmente visible. La obra artística no se reduce a un “objeto” frente a un “sujeto” que la examina: su sentido emerge en la experiencia misma. Para describir esta dinámica, Gadamer introduce el concepto de “juego”.

El juego posee un movimiento propio que absorbe a quienes participan, en tanto que es comprendido como estructura -por ejemplo, un partido deportivo o un juego infantil-. Gadamer insiste en que el “sujeto” del juego no son los jugadores, sino el juego mismo. Cuando alguien entra realmente en él, deja de controlarlo desde afuera: queda “tomado” por su dinámica. El movimiento del juego -sus reglas, su ritmo, su tensión- se impone y guía a los participantes. No son ellos quienes juegan tanto al juego, sino que el juego “se juega” a
través de ellos. Dice Gadamer:

Todo esto permite destacar un rasgo general en la manera como la escena del juego se refleja en el comportamiento lúdico: todo jugar es un ser jugado. La atracción del juego, la fascinación que ejerce, consiste precisamente en que el juego se hace dueño de los jugadores.

Algo semejante ocurre con la obra de arte: el espectador queda implicado en un proceso en el que el sentido se despliega. La obra se actualiza en cada experiencia, y su verdad se realiza en ese acontecer. Este enfoque permite replantear la estética: la obra adquiere una “objetividad” que no depende de la intención del autor ni de la subjetividad del receptor. En este sentido, Gadamer cuestiona la interpretación romántica según la cual comprender una obra sería reconstruir la intención originaria del creador. Esa intención pertenece a un momento histórico y a una situación puntual, mientras que la obra, en tanto obra, la desborda.

Juego de mesa
El juego se hace dueño de los jugadores

Lo que la obra “dice” nunca se agota en lo que el autor quiso decir. Esto se ve con especial claridad en las artes escénicas. Una obra teatral no es idéntica a ninguna de sus representaciones, pero tampoco es algo puramente mental: existe en la medida en que se representa y, sin embargo, mantiene una identidad que atraviesa todas esas representaciones. Esa identidad no depende ni del director, ni delos actores, ni del público particular de una función.

La obra tiene un “decir” propio que se despliega históricamente y que, en ese despliegue, conserva su unidad. Asimismo, la experiencia artística es vista como una forma de conocimiento que transforma a quien la vive. Cuando la obra realmente “acontece”, no la consumimos desde afuera: nos afecta y reconfigura nuestra comprensión. Por eso Gadamer habla de “transformación”: tras una experiencia estética lograda, el mundo puede aparecer de otra manera. La obra abre un horizonte, y el espectador entra en él. Esa entrada no es neutral: desplaza prejuicios, reordena sentidos, amplía o corrige la comprensión previa.

El “círculo hermenéutico” y la “fusión de horizontes”

El segundo movimiento del libro amplía el análisis hacia las ciencias del espíritu. Gadamer examina la tradición hermenéutica moderna, especialmente en Friedrich Schleiermacher y Wilhelm Dilthey. Reconoce su aporte, pero señala también un límite persistente: la tendencia a concebir la interpretación como una “reconstrucción objetiva”. Su propuesta modifica este enfoque: toda comprensión se encuentra atravesada por la historia; el intérprete forma parte del proceso que intenta comprender, y sus expectativas, sus categorías y su lenguaje intervienen desde el inicio. De este planteamiento surgen dos conceptos fundamentales: el círculo hermenéutico y la fusión de horizontes.

Friedrich Schleiermacher y Wilhem Dilthey

La idea del círculo hermenéutico atraviesa el núcleo mismo de la obra. Su origen no es de Gadamer: proviene de la tradición hermenéutica -especialmente de Schleiermacher- y había sido radicalizado por Heidegger. Gadamer, sin embargo, lo reformula en un sentido decisivo. La idea básica es simple, aunque sus consecuencias son profundas: comprendemos el todo desde las partes, y las partes desde el todo. La comprensión se mueve en ese vaivén. Dice Gadamer:

El que quiere comprender un texto realiza siempre un proyectar. Anticipa un sentido del todo tan pronto como aparece un primer sentido en el texto. Este primer sentido se proyecta a partir de determinadas expectativas, relacionadas a su vez con algún sentido previo. La comprensión de lo que pone el texto en juego consiste precisamente en la elaboración de ese proyecto previo, que, por supuesto, va siendo constantemente revisado a medida que se avanza en la interpretación.

Cuando abrimos un texto difícil -por ejemplo, un pasaje de Hegel-, es posible que leamos una frase y no la comprendamos del todo. Seguimos leyendo y poco a poco aparece una idea general. Al volver a la frase inicial, esta adquiere otro sentido, que a su vez modifica la comprensión del conjunto. Y así sucesivamente. Ese es el círculo hermenéutico en funcionamiento. Gadamer insiste en que, dado que se trata de un círculo virtuoso, no hay que intentar salir de él, sino entrar en él de manera adecuada.

Por esa razón, Gadamer critica la ilusión de que sería posible interpretar desde un punto completamente “neutral”, sin anticipaciones. Siempre llegamos con una idea previa del conjunto, aunque sea vaga o equivocada. Ese ajuste progresivo entre anticipación y corrección es el círculo, y ese movimiento está atravesado por lo que él denomina “prejuicios”: nuestras expectativas previas, nuestras categorías, nuestra pertenencia a una tradición. Como afirma Gadamer:

“Prejuicio” no significa, pues, en modo alguno juicio falso, sino que está en su concepto el que pueda ser valorado positiva o negativamente. La vecindad con el praejudicium latino es suficientemente operante como para que pueda haber en la palabra, junto al matiz negativo, también un matiz positivo.

En otras palabras: no partimos de cero. Los prejuicios constituyen el punto de partida de la comprensión y son las condiciones que permiten acceder al sentido. La noción de prejuicio en Gadamer generó reacciones fuertes porque rompe con un supuesto muy arraigado: que comprender implica eliminar todo prejuicio. Gadamer sostiene lo contrario: los prejuicios son condiciones de posibilidad de la comprensión. A partir de ahí, las respuestas se dividen en líneas bastante claras.

Hans-Georg Gadamer
Hans-Georg Gadamer

Para algunos, el prejuicio deja de ser, entonces, un error a corregir y pasa a ser un punto de partida inevitable, ligado a la historicidad del sujeto. Esta línea valora que Gadamer desarticule la ilusión de neutralidad absoluta del conocimiento, mostrando que toda comprensión está situada.

Otras línea acepta que no hay comprensión sin presupuestos, pero le objeta a Gadamer que su rehabilitación del prejuicio puede legitimar tradiciones opresivas. Si los prejuicios provienen de la historia, también pueden estar distorsionados por relaciones de poder.

Finalmente, algunos desarrollos posteriores intentan mediar: aceptan que los prejuicios son inevitables, pero distinguen entre prejuicios “legítimos” e “ilegítimos”. Un prejuicio sería legítimo cuando nos deja aprender algo nuevo; es ilegítimo cuando nos impide siquiera escuchar. La clave estaría en someterlos a prueba en el diálogo y la experiencia, algo que el propio Gadamer sugiere, aunque no sistematiza como método riguroso.

El segundo concepto clave es el de “fusión de horizontes”. Comprender no implica abandonar la propia perspectiva para reconstruir la “intención original” de un autor, como pretendía cierta hermenéutica anterior. La comprensión se da, en cambio, como un encuentro, como un proceso. Por un lado, está el horizonte del presente: nuestras expectativas, nuestros conceptos, el modo en que hoy nos situamos frente a un texto o una tradición.

Persona leyendo libro viejo
Fusión de horizontes

Por otro, está el horizonte del pasado: el conjunto de significados que ese texto trae consigo, formados en otro contexto, con otras preguntas y otras categorías. La comprensión ocurre cuando esos dos horizontes entran en relación. No se superponen sin más ni uno se impone sobre el otro: algo de lo que traemos cambia, y algo del texto se vuelve inteligible de un modo nuevo. En la lectura, esas categorías se ajustan, se afinan y a veces incluso se desarman. Al mismo tiempo, el texto empieza a decir algo que antes no
decía. Eso es la fusión de horizontes en acto.

Es en este sentido que Gadamer cuestiona las pretensiones de René Descartes y el proyecto de la Ilustración, en la medida en que pretendían que el conocimiento podía fundarse desde un punto de partida absolutamente libre de tradición. Gadamer no rechaza ese impulso crítico, pero sostiene que descansa sobre una ilusión: creer que es posible desprenderse por completo de los condicionamientos históricos y culturales desde los cuales pensamos.

La “historia efectual” y la aplicación

En Gadamer, la noción de “historia efectual” indica que siempre comprendemos desde un horizonte ya configurado por interpretaciones previas, lenguajes heredados y prácticas históricas que siguen actuando en el presente. El pasado no es algo cerrado que simplemente reconstruimos, sino algo que ya está operando en nuestra forma de entender. Por eso, la comprensión está atravesada desde el inicio por efectos históricos que condicionan lo que vemos, lo que destacamos y lo que consideramos significativo.

A partir de ahí, Gadamer sostiene que comprender implica necesariamente aplicar. No hay un primer momento de comprensión pura al que luego se le agregue una aplicación práctica, porque el sentido mismo de lo comprendido se define en relación con la situación actual del intérprete. Entender un texto es siempre actualizarlo, hacerlo decir algo en el presente, vincularlo con problemas, preguntas o contextos propios. El ejemplo más claro aparece en el ámbito jurídico: un juez no entiende la ley en abstracto para luego usarla, sino que la comprende ya en función del caso concreto. Lo mismo ocurre en filosofía o en literatura: toda interpretación es, al mismo tiempo, una forma de aplicación.

Juez aplicando la ley
La ley se actualiza en el caso concreto

El lenguaje como morada del sentido

El recorrido realizado conduce a un punto decisivo: la comprensión no puede pensarse por fuera del lenguaje. Este es el ámbito en el que el sentido mismo acontece. Por eso, como sostiene Gadamer:  “De ahí la tesis decisiva: el ser que puede ser comprendido es lenguaje”. No hay acceso al mundo que no esté ya mediado por esta dimensión en la que el sentido se articula, se transmite y se transforma. Más aún:

Tener lenguaje significa, precisamente, tener un mundo. La relación del hombre con el mundo se distingue de la de los animales por el hecho de que no se trata de una mera adaptación inmediata al entorno. Cuando los hombres aprenden lenguas extrañas, no alteran su relación con el mundo como lo haría un animal acuático que se convirtiera en terrestre; por el contrario, mantienen su relación con el mundo y la enriquecen con nuevos horizontes lingüísticos. El que tiene lenguaje tiene mundo.

Con esto, la hermenéutica alcanza su formulación más radical: la comprensión es un evento lingüístico en el que estamos siempre implicados y cuyo despliegue no se cierra, sino que permanece disponible para nuevas actualizaciones. Gadamer muestra, además, que si la comprensión acontece en el lenguaje, entonces ya no
basta con describir experiencias: es necesario pensar su estructura más profunda. El lenguaje no aparece como un “instrumento” que usamos para expresar algo que ya está completamente formado; por el contrario, el pensamiento mismo se articula en el lenguaje. Por eso, lo que “no puede decirse” de ningún modo es lo que todavía no está plenamente comprendido.

Lenguaje
“El ser que puede ser comprendido es lenguaje”

La forma ejemplar de este acontecer es la conversación. En ella, los interlocutores no imponen unilateralmente un significado, sino que participan en un proceso en el que el sentido emerge y se modifica en el intercambio mismo. Pero es necesario aclarar que no reduce la “conversación” a una situación empírica de dos personas hablando.

“Diálogo”, aquí, nombra una estructura: la comprensión ocurre como un ir y venir en el que algo responde a lo que preguntamos y, al mismo tiempo, nos obliga a reformular la pregunta. Cuando leemos un libro en soledad, ocurre exactamente eso. Ese movimiento es dialógico aunque no haya otro interlocutor presente. Por eso Gadamer afirma que un texto es, en cierto sentido, un interlocutor: si la lectura fuera pura proyección subjetiva, no habría diálogo sino monólogo. Pero cuando la comprensión es genuina, el texto tiene “algo que decir” que no depende del lector, y allí aparece la estructura de conversación: hay alteridad, hay respuesta, hay transformación.

Tal es el trasfondo por el que en el acontecer lingüístico tiene su lugar no solo la experiencia, sino también el cambio de las cosas. Por ejemplo, en la decadencia de las palabras podemos observar los cambios de las costumbres y de los valores. La palabra “virtud” apenas se mantiene viva en nuestro mundo lingüístico, quizá solo en un sentido irónico. Y si en lugar de ella utilizamos otras palabras, que en su discreción expresan la pervivencia de normas éticas alejadas del mundo de las convenciones fijas, este mismo proceso refleja lo que ocurre en la realidad. También la palabra política se transforma en la medida en que lo que es verdad para nosotros se modifica. La palabra ya no parece simplemente un instrumento que usamos, sino algo que actúa sobre nosotros mismos.

Todo esto tiene una consecuencia más. Si todo comprender ocurre en el lenguaje, entonces siempre estamos dentro de un horizonte que no controlamos del todo. Gadamer lo formula de manera contundente: el lenguaje nos precede. No entramos en él como quien toma una herramienta; nos encontramos ya hablándolo. Sin embargo, esto no implica encierro: el lenguaje también “abre”. Cada vez que algo se dice con precisión, se ilumina un aspecto del mundo. Ese “hacer visible” es central en la obra.

Libro y palabras
El lenguaje también “abre” mundos

La verdad se juega en esa capacidad del lenguaje para mostrar. Por eso, cuando buscamos una palabra y no la encontramos, sentimos que todavía no entendemos del todo: la comprensión queda en suspenso hasta que logra articularse. Esto explica también por qué ninguna interpretación se “cierra” definitivamente. Y, como si hubiera sido testigo de mucho de lo que ocurre en nuestro tiempo, dice este autor:

Esta es también la razón por la que los sistemas artificiales de entendimiento no son verdaderos lenguajes. Los lenguajes artificiales, los lenguajes secretos o los simbolismos matemáticos no tienen en su base una comunidad viva de lenguaje ni de vida, sino que se introducen y aplican mecánicamente como medios e instrumentos del entendimiento. En esto consiste que presuponen siempre un entendimiento ya ejercido en vivo, y además ejercido lingüísticamente. Es sabido que el consenso por el cual se introduce un lenguaje artificial pertenece necesariamente a otro lenguaje previo, es decir, a una comunidad lingüística real.

Objeciones y respuestas

El planteamiento de Gadamer es profundamente fecundo, pero deja abiertas ciertas dificultades que conviene examinar con precisión, junto con las respuestas que él ensaya.

En primer lugar, si la tradición ocupa un lugar tan central en la comprensión, surge una tensión inevitable: ¿hasta qué punto es posible cuestionarla con fuerza? Si todo entender ocurre dentro de ella, la crítica parece perder filo o quedar condicionada por aquello mismo que intenta revisar. Esta es una de las razones por las que su propuesta fue leída -sobre todo desde los años sesenta y setenta- como “conservadora”, porque de ahí surge la inquietud de si no se termina legitimando lo dado. Este fue el punto de choque con Jürgen Habermas, quien objeta que la tradición no constituye un “espacio neutral” de sentido, sino un ámbito atravesado por ideologías y relaciones de poder, lo que podría implicar reproducir formas de dominación sin advertirlo.

Jürgen Habermas
Jürgen Habermas

Sin embargo, reducir la posición de Gadamer a una “defensa conservadora” simplifica el problema. Gadamer no busca preservar la tradición, sino mostrar que no existe un punto de partida completamente exterior a ella: no hay una instancia pura desde la cual juzgar sin condicionamientos. La comprensión no consiste en repetir, sino en entrar en un proceso en el que lo heredado puede cuestionarnos tanto como nosotros a él.

En segundo lugar, al situar el lenguaje en el centro, emerge otra objeción: el lenguaje en el que nos entendemos no es neutro, puesto que está atravesado por relaciones de poder, por intereses y por formas de exclusión que delimitan lo que puede decirse. Aquí la crítica de Habermas se vuelve más precisa: para él, muchas veces el diálogo está distorsionado desde el inicio.

Gadamer reconoce que el diálogo real no se da siempre en condiciones de simetría, pero rechaza que eso obligue a fundar la crítica en una instancia externa, pura o ideal; sostiene que toda crítica está también históricamente situada y que no existe un punto de vista completamente libre de tradición desde el cual “corregir” el diálogo. La revisión de esas distorsiones solo puede darse desde dentro del propio proceso hermenéutico, en el que los prejuicios puedan ser puestos en juego, confrontados y transformados. Es cierto, sin embargo, que esta confianza en la dinámica interna del diálogo deja abierta la objeción de que puede resultar insuficiente frente a asimetrías estructurales más profundas.

Diálogo
Centralidad de la conversación

En tercer lugar, aparece un problema de orden metodológico. Gadamer describe cómo comprendemos, pero no establece criterios estrictos para evaluar interpretaciones. Queda entonces la pregunta: ¿qué distingue una lectura más sólida de otra más débil? Su respuesta remite a la “cosa misma”: las interpretaciones no son equivalentes, porque el texto, la obra o la tradición imponen resistencias. Una interpretación es mejor en la medida en que logra coherencia con el conjunto del texto, hace justicia al objeto dejando que este despliegue sus tensiones y resista nuestras simplificaciones, y se mantiene abierta al diálogo -es decir, capaz de exponerse a objeciones, revisarse y ampliarse-. Estos criterios no funcionan como un método aplicable mecánicamente, pero sí introducen exigencias reales que permiten distinguir entre lecturas pobres y lecturas más logradas, sin suponer una neutralidad imposible.

Valoración final

El alcance de la propuesta de Hans-Georg Gadamer no solo resulta decisivo, sino difícil de eludir. Al desplazar el eje de la verdad fuera del monopolio del método, devuelve a la experiencia humana -al arte, a la historia, al lenguaje- su espesor propio como ámbitos en los que “algo verdadero” tiene lugar. No se trata de disputar con la ciencia su legitimidad, sino de reconocer que no agota lo que significa “conocer”. Y en ese reconocimiento se juega algo central: sostener el diálogo, exponerse a lo que nos excede y dejar que el mundo irrumpa con un sentido nuevo. Porque comprender es siempre, en definitiva, tener el coraje de asumir una transformación.

Referencias

Ferraris, Maurizio. (2001). La hermenéutica. Madrid. Taurus.

Gadamer, Hans-Georg. (1998). El giro hermenéutico. Madrid. Cátedra.

Gadamer, H-G. (1999). Verdad y método I. Salamanca: Ediciones Sígueme.

Grondin, Jean. (2003). Hans-Georg Gadamer: una biografía intelectual. Barcelona: Herder.

Heidegger, M.(1997). Ser y tiempo. Traducción de Jorge Eduardo Rivera Cruchaga. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.

Heidegger, M. (2006). Carta sobre el humanismo. Traducción de Helena Cortés y Arturo Leyte. Madrid: Alianza Editorial.

Lafont, Cristina. (1999). Lenguaje y apertura del mundo. Madrid: Alianza

Warnke, Georgia. (2003). Gadamer: hermenéutica, tradición y razón. Madrid. Akal.


Gadamer, H-G. Verdad y método I https://drive.google.com/file/d/1WCgZ60HO4bGyUslkkM-UcNkWGqEn0DJd/view?usp=sharing

Gadamer, H-G. Verdad y método II (complementos posteriores al libro)https://drive.google.com/file/d/1u-DrpuOuferHKwLh5vixD54dECXRDhaR/view?usp=sharing

Gadamer, H- G. El giro hermenéutico https://drive.google.com/file/d/1LQws1-ir6o6iQEfwbgz2RlOiSvRmcpIH/view?usp=sharing

Ferraris, M. La hermenéutica https://drive.google.com/file/d/13O3IEeI_o1Xx8jIPCdAkp_GE3PXvizFA/view?usp=sharing

Aguilar Rivero, M, y González Valerio; M. A. (Coord) Gadamer y las humanidades I https://drive.google.com/file/d/1FCXhIJNd5RfbqFY3zUyXIK45X9fVHeoX/view?usp=sharing

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