Martin Heidegger

Martin Heidegger: el origen de la hermenéutica filosófica

En esta entrada analizamos el papel decisivo de Martin Heidegger en el surgimiento de la hermenéutica filosófica contemporánea, una transformación que modificó profundamente la manera de comprender la interpretación, el lenguaje y la existencia humana.

Martin Heidegger hacia 1927
Martin Heidegger

Durante la primera mitad del siglo XX, las certezas heredadas de la metafísica tradicional, la confianza ilustrada en la razón y la idea moderna de un sujeto plenamente autónomo comenzaron a mostrar signos de estar en crisis mucho antes del colapso material y espiritual provocado por la Segunda Guerra Mundial. Fue en ese horizonte de desorientación histórica donde el pensamiento de Heidegger adquirió una centralidad decisiva.

Para entender mejor el clima en que emerge la filosofía heideggeriana conviene tener presente que Europa vivía entonces un colapso sin precedentes. La Primera Guerra Mundial de 1914-1918 había destruido la imagen optimista del progreso indefinido que el siglo XIX había cultivado con dedicación. La ciencia y la técnica, lejos de garantizar la paz y la prosperidad, habían puesto su poder al servicio de la destrucción masiva.

En ese escenario, muchos intelectuales sentían que las categorías filosóficas heredadas resultaban insuficientes para dar cuenta de una experiencia humana radicalmente herida. Heidegger fue uno de los primeros en intentar, desde la propia filosofía, una renovación que no fuera un mero ajuste conceptual, sino una transformación profunda de los cimientos mismos del pensar.

Heidegger y  Edmund Husserl
Heiddeger y su mentor, Edmund Husserl

Es, entonces, a partir de su obra fundamental Ser y tiempo (Sein und Zeit) y de su crítica radical a la tradición metafísica occidental, que Heidegger desplaza la hermenéutica desde el ámbito técnico de la interpretación de textos hacia una dimensión ontológica mucho más profunda. “Comprender” ya no sería simplemente un método intelectual aplicado a objetos externos, sino una estructura constitutiva del propio existir humano.

Desde esa perspectiva, veremos de qué manera Heidegger traslada la pregunta filosófica desde el problema del conocimiento hacia la cuestión más originaria del “ser”, abriendo así el camino para el posterior desarrollo de la hermenéutica en pensadores como Hans-Georg Gadamer y redefiniendo buena parte de la filosofía contemporánea.

Ser y tiempo

Todas estas transformaciones encuentran su formulación decisiva en Ser y tiempo, obra publicada por Heidegger en 1927 y considerada uno de los textos filosóficos más influyentes siglo XX.

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La publicación de Ser y tiempo causó un impacto inmediato en los círculos filosóficos alemanes porque más allá de los debates académicos, la obra tocó una fibra existencial: hablaba del ser humano no como un dato abstracto, sino como alguien que vive, que tiene miedo, que sabe que va a morir y que, pese a todo, se proyecta hacia posibilidades futuras. Por primera vez en mucho tiempo, la filosofía parecía hablar de la vida tal como se la experimenta desde adentro.

Heidegger introduce allí el término alemán Dasein para evitar las categorías tradicionales con las que la metafísica había pensado al hombre, como “sujeto”, “conciencia” o “animal racional”. Según él, todas esas nociones arrastraban supuestos teóricos que reducían la existencia humana a una “cosa entre las cosas” o a una pura instancia racional separada del mundo. Dasein, que literalmente significa “ser-ahí”, designa en cambio a ese ente particular que no solo existe, sino que además se pregunta por el “sentido del ser”.

La elección del término Dasein es una decisión filosófica profunda. Al decir “ser-ahí”, Heidegger insiste en que el ser humano no puede pensarse separado de su situación concreta -su “ahí”-, es decir, el momento histórico en que vive, la lengua que habla, las relaciones en que está inmerso, el cuerpo que lo ubica en un lugar del espacio, entre otros factores. Nada de esto es un accidente exterior que podría eliminarse para llegar al “hombre verdadero”; todo ello pertenece constitutivamente a lo que somos.

Sein und Zeit
Ser y tiempo

El hombre no aparece entonces como un sujeto aislado que contempla objetos desde afuera, sino como un ser ya arrojado en el mundo, inmerso en relaciones, temporalidades e interpretaciones previas. De manera que Heidegger está desplazando aquí el eje de la reflexión desde el qué del conocimiento hacia el quién es el ente que comprende.

Este “estar arrojado” implica que el comprender nunca es una tabula rasa, sino que opera bajo una pre-estructura constitutiva. En otras palabras: antes de que decidamos “interpretar” algo, ya traemos con nosotros una forma de ver el mundo, una manera de acercarnos a las cosas y unas palabras con las que las nombramos. No hay “punto cero” de la comprensión, y eso no es un defecto que haya que corregir, sino la condición misma de que algo pueda tener sentido para nosotros.

Por ejemplo, alguien que lee por primera vez una novela del siglo XIX, aunque no lo note, llega al texto cargado de expectativas formadas por las novelas que ya ha leído, por su experiencia del amor, del dinero o de la muerte, y por el lenguaje en el que piensa. Todo eso condiciona lo que ve y lo que se le escapa. Para Heidegger, esto no es un problema técnico, es la estructura básica de toda comprensión humana.

Por otra parte, la tradición filosófica había terminado identificando la “verdad” únicamente con aquello que puede presentarse como “objeto” frente a un “sujeto” que conoce. De este modo, la filosofía fue concentrándose cada vez más en los entes -las cosas, los objetos, los fenómenos- y dejó de preguntarse por aquello que permite que algo aparezca y tenga sentido en primer lugar. Heidegger considera, así, que ese “olvido” no es un error accidental, sino el destino mismo de la metafísica occidental desde Platón hasta la modernidad técnica. La metafísica tradicional, dice Heidegger, se ocupó de todo lo que aparece, pero olvidó preguntar por aquello que hace posible la aparición misma.

El “uno” y la degradación del lenguaje

Heidegger habla también en esta obra del “uno”, tal como ocurre en español con la fórmula: “uno dice…”, “uno piensa…”, “uno hace esto o aquello…”. Este concepto, en Heidegger, traduce el término alemán das Man. No designa a una persona concreta ni a un grupo específico, sino a la forma impersonal y anónima en que normalmente vivimos en la cotidianidad. Dicho de otro modo, es el ámbito del “se”: se dice, se piensa, se hace, se opina. Cuando Heidegger habla del dominio del “uno”, se refiere a una existencia en la que el individuo ya no piensa ni decide desde una apropiación auténtica de sí mismo, sino que adopta automáticamente las interpretaciones, opiniones y modos de comportamiento impuestos por la circulación social dominante.

Personas dialogando
El “uno” en Heidegger

El lenguaje queda entonces atrapado en fórmulas repetidas, lugares comunes y discursos estandarizados que ya no abren una experiencia genuina del mundo, sino que simplemente reproducen sentidos prefabricados.

Por lo tanto, gradualmente el así denominado “giro” (Kehre) del pensamiento heideggeriano va desplazando el centro del análisis desde el Dasein hacia la cuestión del “ser” mismo y su modo de manifestarse históricamente. Y es en este contexto donde el lenguaje adquiere un papel absolutamente central. Este giro no debe entenderse como una contradicción o abandono de las posiciones anteriores, sino como una profundización. Así, si en Ser y tiempo Heidegger pregunta “¿quién es el ser humano que comprende?”, en la etapa posterior la pregunta se convertirá en: “¿cómo se da el ser en el lenguaje y en la historia?”. El centro de gravedad se desplaza, entonces, del análisis de la existencia hacia una meditación sobre el destino histórico del ser mismo.

La hermenéutica antes de Heidegger

Pero, ¿de qué modo influye todo esto en la evolución de la hermenéutica? Antes de Heidegger, la hermenéutica era entendida principalmente como un método de interpretación. Su función consistía en ofrecer reglas para comprender correctamente textos, documentos, símbolos o discursos. En otras palabras, era una técnica aplicada por un “sujeto” que interpreta un “objeto”: un lector interpreta un texto, un historiador interpreta un acontecimiento, un teólogo interpreta las Escrituras. La comprensión aparecía entonces como una actividad secundaria y metodológica.

Libros

Para situar este cambio en su justa dimensión, conviene recordar quiénes habían sido los grandes hermeneutas antes de Heidegger. Friedrich Schleiermacher, a comienzos del siglo XIX, desarrolló una hermenéutica general orientada a reconstruir la intención original del autor de un texto. Wilhelm Dilthey, a finales de ese mismo siglo, intentó convertir la comprensión (Verstehen) en el método propio de las ciencias del espíritu, distinguiéndola de la explicación causal propia de las ciencias naturales. En ambos casos, sin embargo, el intérprete seguía siendo concebido como un sujeto que se enfrenta a un objeto para descifrar su sentido. Heidegger rompe de raíz con ese esquema.

Para él, el ser humano ya está siempre comprendiendo el mundo antes de cualquier reflexión teórica. Vivimos inmersos en sentidos, interpretaciones, expectativas, lenguajes e historias que hacen posible toda experiencia. Por eso la hermenéutica deja de ser un simple instrumento y se convierte en un “acontecimiento ontológico”. Ontológico significa aquí relativo al ser mismo, porque la comprensión pertenece constitutivamente al modo de ser del hombre. La palabra “acontecimiento” también es importante, porque indica que la verdad no se produce mecánicamente mediante un método seguro, sino que, sencillamente, ocurre, acontece, se da históricamente en la apertura entre el hombre, el lenguaje y el mundo.

Selva Negra, Alemania
La Selva Negra (Alemania) donde Heidegger escribe Ser y tiempo

En esta interpretación, entonces, el pensamiento abandona su pretensión tradicional de dominio para convertirse en escucha: una escucha atenta al modo en que el ser “se revela” y, al mismo tiempo, “se retrae”. Aparece así la idea de la verdad como “desocultamiento”-en griego, alétheia– como una de las aportaciones más originales de Heidegger. La palabra griega para “verdad” contiene la raíz léthe, que significa olvido u ocultamiento; la a– negativa convierte esa raíz en “des-ocultamiento”. Por lo tanto, la verdad no es un estado estable de plena transparencia, sino un proceso dinámico en el que algo emerge de la oscuridad sin que lo oculto desaparezca del todo. Siempre que algo se revela, algo más permanece velado. Por eso ninguna comprensión es definitiva ni completa.

Carta sobre el humanismo

Así, si la verdad ya no consiste simplemente en la adecuación entre una idea y una cosa, sino en la apertura misma en la que el ser puede manifestarse, entonces el lenguaje deja de ser un mero instrumento humano de comunicación y comienza a presentarse como el ámbito en que el ser se revela y se vuelve habitable para el hombre. Desde esta perspectiva puede entenderse mejor por qué, años más tarde, Heidegger afirmará que el lenguaje es “la casa del ser”.

En efecto, es en su Carta sobre el humanismo, de 1947, donde aparece esta célebre afirmación. La carta recibe ese nombre porque el texto surge originalmente como una respuesta epistolar. En 1946, el filósofo francés Jean Beaufret le escribe a Heidegger preguntándole cómo podría devolverse un sentido a la palabra “humanismo” después de la crisis espiritual y política que había desembocado en la Segunda Guerra Mundial.

Carta sobre el humanismo

El contexto histórico en que nace la carta es fundamental para entenderla. Europa acababa de salir de la guerra más devastadora de su historia. Millones de muertos, ciudades arrasadas, el horror del Holocausto recién descubierto en toda su magnitud. En ese clima, la pregunta de Beaufret era filosóficamente urgente: ¿podía seguir hablándose del humanismo -es decir, de la dignidad y el valor del ser humano- después de lo que acababa de ocurrir? ¿No habían sido las propias naciones más “humanistas” de Europa las que habían cometido esos crímenes?

Heidegger responde mediante una extensa carta que luego sería publicada. El formato epistolar no es un detalle menor: el texto conserva el tono de una respuesta dirigida a un interlocutor concreto y se desarrolla más como un camino de pensamiento que como un tratado sistemático. Precisamente por eso la obra tiene un carácter más libre, meditativo y ensayístico que Ser y tiempo.

El texto plantea que las distintas formas de humanismo –cristiano, ilustrado, marxista o existencialista– continúan definiendo al hombre desde categorías heredadas de la metafísica occidental: como “sujeto racional”, “animal racional” o “fundamento del sentido”, e incluso cuando exaltan la dignidad humana, siguen colocando al hombre en el centro de los entes y olvidan la pregunta más originaria por el ser, que es justamente aquello gracias a lo cual los entes pueden manifestarse como entes. Por eso, la carta no constituye un manifiesto humanista en sentido clásico, sino una crítica profunda a toda concepción del hombre que lo piense únicamente desde la subjetividad y no desde su pertenencia a la verdad del ser.

Platón y Aristóteles
Platón y Aristóteles

Sin embargo, es importante aquí no confundir la crítica heideggeriana al humanismo con un rechazo de la dignidad humana. Lo que Heidegger cuestiona no es que el ser humano tenga un valor especial, sino la manera en que el humanismo tradicional fundamenta ese valor, esto es, colocando al hombre como “señor y medida de todas las cosas”. Para Heidegger, ese gesto de poner al hombre en el centro es precisamente lo que nos ha conducido al dominio técnico del mundo y, paradójicamente, a una forma de existencia empobrecida, en la que todo se mide por su utilidad y su capacidad de ser manipulado.

Por lo tanto, en este texto, Heidegger lanza una crítica contra la interpretación técnica del pensar que, a su juicio, desde Platón y Aristóteles ha reducido el pensamiento a un procedimiento al servicio de la utilidad y la eficacia. Frente a este pensamiento calculador, que Heidegger vincula con la “devastación del lenguaje” bajo la “dictadura de la opinión pública”, propone un pensar “meditativo” o “conmemorativo” (Andenken).

El Andenken -que puede traducirse también como “rememoración”- no es nostalgia filosófica. Es la capacidad de detenerse ante una palabra, ante una experiencia, ante una pregunta, y dejar que su peso ontológico resuene sin apresurarse a clasificarla, utilizarla o responderla con fórmulas prefabricadas. Es la lentitud meditativa, la escucha paciente, el respeto por aquello que no se deja reducir a dato ni a recurso.

En la carta, también la noción de “ex-sistencia” (Ek-sistenz) es redefinida con rigor ontológico: no se trata de la existentia tradicional, entendida como actualidad o realidad de “lo ente”, sino de un “estar fuera”, un “habitar extático” en la verdad del ser. El hombre es el “guardián” que habita en la proximidad del origen, lo que exige del intérprete una apertura absoluta a la alteridad. Por eso Heidegger afirma que la verdadera dignidad humana radica en la posibilidad de convertirse en “pastor del ser”: no una posición de autoridad, sino una tarea de “guarda” y “cuidado”.

Heráclito de Éfeso
Heráclito de Éfeso

Pero es necesario tener en cuenta que Heidegger no habla del lenguaje como sistema de signos convencionales ni como herramienta de comunicación. El lenguaje es, para él, el espacio en que las cosas adquieren un sentido, en que el mundo “se abre” o “se cierra”. Por eso, una lengua que ha perdido su capacidad de decir algo genuino no es solo un instrumento
deteriorado, es un hogar que se derrumba, un espacio de habitación que se ha vuelto inhabitable.

Heidegger recupera, entonces, en la carta un relato de Aristóteles sobre Heraclito, quien, al ser hallado junto a un horno de pan, respondió a unos visitantes decepcionados: “también aquí están presentes los dioses”. La escena expresa, según Heidegger, que la verdad del ser no habita necesariamente en lo extraordinario o espectacular, sino en la cercanía silenciosa de lo cotidiano, allí donde el hombre aprende nuevamente a habitar el lenguaje. Y éste pasa a ser el lugar donde el ser se abre es en la atención a lo insignificante, a lo pequeño, a lo que normalmente se pasa por alto.

La influencia sobre Hans-Georg Gadamer

Estamos ahora en mejores condiciones para comprender el lugar decisivo que ocupará en la hermenéutica contemporánea Hans-Georg Gadamer, discípulo directo de Heidegger. Gadamer retomará muchas de las intuiciones fundamentales abiertas por Ser y tiempo y profundizadas luego por la Carta sobre el humanismo. En aquel clima de crisis intelectual y espiritual de la Alemania de entreguerras, Gadamer había comenzado su formación dentro del neokantismo y de la tradición filológica clásica, pero el impacto de Heidegger fue decisivo en él. Lo conoció en la década de 1920, primero en Marburgo, cuando Heidegger todavía era visto como una figura revolucionaria capaz de poner en crisis toda la filosofía académica dominante.

Hans-Georg Gadamer
Hans-Georg Gadamer

Gadamer describe en sus memorias la experiencia de asistir a las clases de Heidegger como algo completamente diferente a cuanto había conocido hasta entonces. No era un profesor que expusiera doctrinas, sino era alguien que “pensaba en voz alta”, que deshacía y rehacía los conceptos delante de sus alumnos, que los obligaba a preguntarse si realmente habían entendido lo que creían entender. Esa manera de enseñar fue, para Gadamer, tan importante como los contenidos mismos.

Es cierto que Gadamer nunca abandonó del todo su vínculo con la tradición humanista, la filología y el diálogo con la cultura clásica, mientras que Heidegger tendía a radicalizar cada vez más su crítica a la metafísica occidental. A eso se sumó el problema político del compromiso de Heidegger con el nazismo, una cuestión que atravesó a toda su generación y frente a la cual Gadamer adoptó una posición mucho más distante y prudente. La adhesión de Heidegger al nacionalsocialismo en 1933 -aceptó el cargo de rector de la Universidad de Friburgo bajo el régimen nazi- es uno de los episodios más oscuros y debatidos de la historia de la filosofía del siglo XX. Sus implicaciones para la lectura de su obra continúan siendo objeto de controversia.

Universidad de Friburgo
Universidad de Friburgo

Lo que sí puede decirse con certeza es que ese compromiso no le fue indiferente a Gadamer, quien, sin renunciar a la herencia heideggeriana, supo distinguir entre lo que en ella resultaba filosóficamente fecundo y lo que había quedado contaminado por una decisión política, para él, inaceptable.

Verdad y método

No obstante, numerosos intérpretes sostienen que reducir todo el pensamiento de Heidegger a aquel suceso implica simplificar de manera extrema una obra mucho más compleja y contradictoria. Señalan que categorías centrales de su pensamiento -como la diferencia entre ser y ente, la crítica de la técnica o la analítica de la existencia– exceden ampliamente cualquier formulación ideológica concreta y que por eso continuaron influyendo en pensadores marxistas, existencialistas, hermenéuticos y posestructuralistas. Otros autores, en cambio, consideran que existe una conexión más profunda entre ciertos núcleos de su filosofía y su compromiso político, de manera que la discusión sigue abierta hasta hoy.

Sin embargo, incluso en medio de esas discrepancias, Gadamer siguió considerando que el “giro” heideggeriano había abierto un horizonte completamente nuevo para pensar la comprensión humana. Y desde allí comenzará un camino propio, orientado menos hacia la pregunta por el ser y más hacia el lenguaje, la tradición y la experiencia concreta de interpretar el mundo. La obra cumbre de ese camino será Verdad y método, publicada en 1960, donde Gadamer elabora una hermenéutica filosófica que recoge lo esencial de Heidegger y lo proyecta hacia las humanidades, el arte, la historia y el diálogo entre tradiciones.

A modo de conclusión

Por lo tanto, la herencia intelectual que vincula la analítica de la existencia con la ontología del lenguaje de Heidegger, culmina en la hermenéutica filosófica de Gadamer. Gracias a Heidegger, Gadamer pudo demostrar que no “interpretamos” el mundo desde una posición exterior; que nosotros somos la interpretación, y nuestra estancia en el mundo es constitutivamente lingüística y temporal.

Así, reconocer la finitud como fortaleza es, quizá, la lección más duradera de esta corriente filosófica. Porque estos autores insisten en que no somos seres omniscientes, capaces de alcanzar una perspectiva total sobre el mundo, que somos seres situados, parciales, históricos. Pero también están convencidos de que esa condición no constituye una carencia que deba “superarse”, sino la forma misma en que el sentido se vuelve accesible para nosotros.

Referencias

Ferraris, Maurizio. (2001). La hermenéutica. Madrid. Taurus.

Heidegger, M. (1997). Ser y tiempo. Santiago de Chile: Editorial universitaria

Heidegger, M. (2006). Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza.

Leyte, Arturo. (2005). Heidegger. Madrid: Alianza Editorial.

Ott, Hugo. (1992). Martin Heidegger. En camino hacia su biografía. Madrid: Alianza Editorial.


Heidegger, M. Carta sobre el humanismo https://drive.google.com/file/d/1FRpLna9IuFRKsj0G-jBVIoDHzQ85P5kF/view?usp=sharing

Heidegger, M. Ser y tiempo https://drive.google.com/file/d/1Bdrlf3SCHRarbCAaae_IyBRI3cFBIrIA/view?usp=sharing

Ferraris, M. La hermenéutica https://drive.google.com/file/d/13O3IEeI_o1Xx8jIPCdAkp_GE3PXvizFA/view?usp=sharing

Leyte, A. Heidegger https://drive.google.com/file/d/1owMuwI-U2DFUudKHzCovUnBtNllph7Lo/view?usp=sharing

Ott, H. Martin Heidegger. En camino hacia su biografía https://drive.google.com/file/d/1QLgTRkUZbBdXbvPlK-dEUu7ckweYFIKT/view?usp=sharing

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