Carta sobre el humanismo

Martin Heidegger y la Carta sobre el humanismo

En esta entrada sobre Carta sobre el humanismo, de Martin Heidegger, analizamos uno de los textos más influyentes y discutidos de la filosofía contemporánea. Escrita en 1946, la obra constituye una profunda revisión de la tradición humanista occidental y una crítica radical a la manera en que la metafísica ha concebido al ser humano desde la antigüedad hasta la modernidad.

Martin Heidegger
Martin Heidegger

En 1945 las ciudades europeas estaban en escombros y la filosofía parecía estarlo también. La guerra había destrozado mucho más que vidas; había dañado profundamente el vocabulario con el que Occidente se describía a sí mismo: “civilización”, “progreso”, “humanidad”. Sartre acababa de publicar El existencialismo es un humanismo (1945) y convocaba al sujeto libre a reconstruir el sentido desde cero. Albert Camus reivindicaba la dignidad del hombre frente al absurdo. El humanismo se ofrecía como una tabla de salvación.

Fue entonces cuando Jean Beaufret, un joven filósofo francés fascinado por Sartre pero profundamente inquieto por el pensamiento de Heidegger, le escribió una carta formulándole una pregunta decisiva: ¿cómo devolverle un sentido a la palabra “humanismo”? La respuesta de Heidegger, publicada en 1946, se convertiría en uno de los documentos filosóficos más comentados, polémicos y, al mismo tiempo, más malinterpretados del siglo XX: la Carta sobre el humanismo. El pensador de Friburgo llevaba entonces meses marginado; su rectorado nazi entre 1933-34 pesaba todavía sobre su figura. Inhabilitado para enseñar por las autoridades a causa de aquella adhesión, su texto el de alguien que habla desde el exterior del mundo académico para decir que la filosofía también “vive en la periferia del ser”.

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La segunda posguerra no era sólo una ruina material: era también una crisis de los grandes relatos. El marxismo debatía si podía seguir llamándose “humanista”; el existencialismo sartreano proclamaba la libertad radical del sujeto; el catolicismo intenta un humanismo cristiano. Todos coincidían en poner al hombre en el centro. Todos, según Heidegger, cometían el mismo error.

Por su parte, Heidegger había publicado Ser y Tiempo en 1927, obra que revolucionó la ontología al preguntar no “qué son las cosas” sino qué significa que algo “sea” . En ese libro apareció el “Dasein”, el “ser-ahí”, el hombre entendido no como sujeto cartesiano sino como “apertura al ser”, como existencia “arrojada en el mundo”. Ahora, casi veinte años después, la Carta es su respuesta a quienes lo leyeron como un existencialista más, cercano a Sartre. Así, a poco de comenzar, Heidegger presenta las frases más densas y más citadas de toda la filosofía del siglo XX: es su programa entero del texto en una sola oración. Dice:

El lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y poetas son los guardianes de esa morada. Su guarda consiste en llevar a cabo la manifestación del ser, en la medida en que,
mediante su decir, ellos la llevan al lenguaje y allí la custodian.
Platón y Aristóteles
Platón y Aristóteles

Heidegger invierte aquí la relación habitual entre hombre y lenguaje. No es que el hombre tenga lenguaje como una herramienta, como si primero existiera el sujeto y luego le añadiera palabras a las cosas. Es al revés: el ser se manifiesta, se aclara y se oculta en el lenguaje, y el hombre habita esa manifestación. Somos, antes que usuarios del lenguaje, habitados por él.

La metáfora de la “casa” no es irrelevante. Una casa no es un ornamento; es la condición de posibilidad de la vida. Sin ella, estamos a la intemperie. Del mismo modo, sin el lenguaje que porta la “verdad del ser”, el hombre queda a la “intemperie metafísica” , es decir, rodeado de cosas pero sin acceso a lo que ellas son. Y los pensadores y poetas son, para Heidegger, los “guardianes” no los propietarios, no los constructores, sino los que cuidan que la casa no se degrade. Esta es una responsabilidad que Heidegger toma muy en serio.

Heidegger responde afirmando que el lenguaje ha sido “secuestrado” por la gramática y la lógica. Y rastrea esa situación hasta sus orígenes. Afirma que ya Platón y Aristóteles inauguraron una manera de pensar que convierte todo en objeto de representación para un sujeto. Desde entonces la filosofía vive en esa prisión y, paradójicamente, la ha confundido con la libertad. Para él, la modernidad -Descartes, Kant, Hegel- profundizó ese encierro hasta hacerlo invisible.

Heidegger llama a esto la “interpretación técnica del pensar”, y lo ve como el intento de reducir el pensamiento a un procedimiento replicable, a una metodología. Heidegger no niega el valor de la ciencia; pero sí denuncia que se haya tomado el modelo científico-técnico como medida de todo, incluido el pensar filosófico. El resultado es que la filosofía, avergonzada de sí misma, intenta imitar a la ciencia. Dice:

Desde entonces, la “filosofía” se encuentra en la permanente necesidad de justificar su existencia frente a las “ciencias”. Y cree que la mejor manera de lograr lo es elevarse a sí misma al rango de ciencia. Pero este esfuerzo equivale al abandono de la esencia del pensar.

Esta crítica resuena hoy con especial fuerza; en nuestro tiempo la legitimidad académica de la filosofía se mide frecuentemente por criterios cuantitativos , como publicaciones indexadas, citas, impacto, tomados directamente de las ciencias. Heidegger advertía en 1946 que esa dirección no conducía al rigor sino a la pérdida del único territorio al que la filosofía puede pertenecer sin imposturas.

Artículos de filosofía
La filosofía también hoy se rige por criterios cuantitativos

Por otra parte, si el lenguaje es la “casa” del ser, su deterioro no es una cuestión estética sino existencial. Heidegger lo dice con una lucidez que prefigura muchos debates contemporáneos sobre el lenguaje. Para él la causa profunda de la degradación lingüística no está en el mal gusto ni en la ignorancia: está en la “metafísica de la subjetividad”. Cuando el ser humano se convierte en el centro y medida de todo, el lenguaje deja de ser la “morada del ser” para convertirse en instrumento del yo. Las palabras ya no “revelan”; persuaden, etiquetan, controlan. Y sin embargo, añade Heidegger, el remedio no está en la corrección estilística. Cuidar el lenguaje como ejercicio de pulcritud verbal es todavía no haber visto el problema. Para profundizar en qué es el lenguaje, Heidegger recurre al contraste con el mundo animal. La distinción no es una jerarquía de valor: es una diferencia ontológica. Dice:

Si a las plantas y a los animales les falta el lenguaje es porque están siempre atados a su entorno, porque nunca están libremente dispuestos en el claro del ser, el único que es “mundo”. Pero no es que permanezcan carentes de mundo en su entorno porque se les haya privado de lenguaje. En la palabra “en torno” se agolpa pujante todo lo enigmático del ser vivo. El lenguaje no es en su esencia la expresión de un organismo ni tampoco la expresión de un ser vivo. Por eso no lo podemos pensar a partir de su carácter de signo y tal vez ni siquiera a partir de su carácter de significado. Lenguaje es advenimiento del ser mismo, que aclara y oculta.

No hay para el animal una apertura a “lo que es” en cuanto tal. El hombre, en cambio, existe en ese “claro”: puede preguntarse por el ser de las cosas, puede dejarlas ser lo que son, puede maravillarse. Y eso sólo es posible porque el lenguaje -no como sistema de signos sino como “acontecimiento del ser” -abre ese espacio. El lenguaje no describe el mundo: lo abre.

Aquí llega, entonces, uno de los momentos más precisos y polémicos de la Carta: el ajuste de cuentas con Sartre. El existencialismo sartreano se había presentado como la filosofía que tomaba en serio la condición humana después del colapso de los grandes sistemas. Para Heidegger, sin embargo, Sartre sigue atrapado en el mismo edificio que cree haber abandonado. Dice:

Sartre expresa de la siguiente manera el principio del existencialismo: la existencia precede a la esencia. Esta adoptando los términos existentia y essentia en el sentido de la metafísica que, desde Platón, formula lo siguiente: la essentia precede a la existentia. Sartre invierte esa frase. Lo que pasa es que la inversión de una frase metafísica sigue siendo una frase metafísica.

Para Heidegger, Sartre toma el par conceptual esencia/existencia tal y como lo entrega la tradición y simplemente le da la vuelta: antes era la esencia (la idea, la naturaleza, el ser-definido) lo primero; ahora es la existencia (el hecho bruto de ser, la libertad radical). Pero al conservar los términos del problema, conserva el problema mismo. Es como intentar salir de una habitación girando sobre uno mismo: se cambia de dirección pero se sigue dentro. Para Heidegger, el movimiento “liberador” no consiste en invertir la metafísica sino en preguntar aquello que ella nunca preguntó: la verdad del ser como tal, anterior a la distinción esencia/existencia.

Jean Paul Sartre
Jean Paul Sartre

Pero la verdadera posición de Heidegger frente al humanismo es el núcleo más controvertido de la Carta y el más susceptible de malentendidos:

En ese sentido el pensamiento de Ser y tiempo está contra el humanismo. Pero esta oposición no significa que semejante pensar choque contra lo humano y favorezca a lo inhumano, que defienda la inhumanidad y rebaje la dignidad del hombre. Sencillamente, piensa contra el humanismo porque este no pone la humanitas del hombre a suficiente altura.

Esta es la paradoja productiva de la Carta: se critica el humanismo no porque valore demasiado al hombre sino porque lo valora poco. La tesis central es de una radicalidad que aún hoy desconcierta: no basta con poner al hombre en el centro y reconstruir desde ahí, el problema es precisamente ese “centrismo”. El humanismo -en todas sus formas, antigua, medieval, renacentista, marxista, existencialista- no hace sino perpetuar “el olvido del ser”.

Su tesis central es, entonces, bastante radical: el problema de Occidente no se resuelve exaltando más al “hombre”, porque justamente la metafísica occidental convirtió al ser humano en el centro de todo y olvidó algo más fundamental: el ser mismo. Para Heidegger, la filosofía occidental -desde Platón hasta la modernidad- se obsesionó con clasificar, dominar y explicar los entes, es decir, las cosas que existen, pero dejó de preguntarse por el sentido del ser, es decir, por aquello que hace posible que algo aparezca como existente.

Ser y tiempo

Por eso critica tanto al humanismo clásico como al cristiano, al ilustrado y al marxista. Según él, todos comparten el mismo error: definen de antemano qué es el hombre. Por ejemplo: “animal racional”, sujeto consciente, persona creada por Dios, productor histórico, etc. Heidegger cree que todas esas definiciones reducen al ser humano a una esencia fija. Y para él, el hombre no debe pensarse primero como “animal” ni como “sujeto”, sino como el lugar donde el ser se manifiesta.

La dificultad del texto viene de que Heidegger intenta inventar una manera nueva de pensar, alejándose del vocabulario filosófico tradicional. De este modo, el humanismo, en todas sus versiones, define al hombre a partir de una esencia fija, como “animal racional”, “ser libre”, “productor de cultura”, y luego trabaja para que el hombre realice esa esencia. Para él, el resultado es siempre una imagen reducida del ser humano. Y aquí Heidegger llega a la célebre expresión acerca de que el hombre es el “pastor del ser”, probablemente la imagen más bella y más exigente que Heidegger propone para el hombre. Porque un pastor no es dueño del rebaño: lo acompaña, lo cuida, responde de él.

Trasladado esto al ser, el hombre no domina ni produce el ser; lo cuida, lo salvaguarda, lo deja manifestarse. De este modo, la “esencial pobreza del pastor” no es una condena sino una liberación: liberación de la hybris del sujeto moderno que cree que el ser depende de sus representaciones. Y en esa “pobreza” reside una dignidad más alta que la del “señor de la naturaleza”.

Heidegger pasa entonces a desarrollar aquí la categoría central de Ser y Tiempo con una precisión que responde también a los malentendidos existencialistas. Habla del “estar arrojado” no como una metáfora del abandono existencial. Es algo más preciso y más extraño: el ser mismo nos ha “arrojado” a la apertura donde las cosas pueden aparecer como lo que son. Significa también que el ser humano siempre aparece ya situado en un mundo que no eligió. Nadie decide cuándo nacer, en qué época, en qué lengua, en qué familia, bajo qué condiciones históricas o culturales. Cuando comenzamos a existir, ya estamos inmersos en una red de sentidos, costumbres, problemas y posibilidades previas a nosotros.

Planeta Tierra
El ser humano está “arrojado al mundo”

Ese es el “arrojamiento”: la condición de haber sido puestos en una existencia concreta antes de cualquier decisión consciente. Dice entonces Heidegger:

El hombre no es solo un ser vivo que junto a otras facultades posea también la del lenguaje. Por el contrario, el lenguaje es la casa del ser: al habitarla el hombre ex-siste, desde el momento en que, guardando la verdad del ser, pertenece a ella.

El guión en “ex-siste” es deliberado. Cuando Heidegger escribe “Ek-sistenz”, en alemán, subraya el “ek” griego, que significa “fuera de”. La idea es que existir no consiste primero en pensar sobre uno mismo, como en el “pienso, luego existo” de René Descartes. Para Heidegger, el hombre no aparece inicialmente como un sujeto aislado que después sale al mundo; desde el comienzo ya está abierto al mundo, implicado en él, proyectado hacia afuera de sí. Por eso habla de una existencia “ek-stática”.

La palabra no tiene aquí un sentido emocional o místico, sino filosófico: el ser humano siempre está “fuera de sí” porque vive dirigido hacia posibilidades, cosas, proyectos, otros seres humanos y hacia el propio
ser. Nunca es una sustancia cerrada que simplemente se contempla a sí misma. El hombre existe en relación con aquello que lo rodea y lo trasciende. Es lo que Heidegger llama “claro”, ese espacio abierto donde las cosas pueden aparecer y adquirir sentido, como un claro en medio del bosque donde algo se vuelve visible. La existencia humana sería precisamente esa apertura que permite que el mundo se manifieste.

Claro del bosque
Heidegger habla del “claro” donde las cosas aparecen

Esto significa que el ser humano no se define por replegarse sobre una identidad fija, sino por estar constantemente expuesto a algo que lo desborda. Allí radica una de las diferencias más profundas entre Heidegger y la tradición moderna: el hombre ya no es el centro soberano que domina la realidad desde su interioridad, sino un ser abierto, atravesado y sostenido por un mundo de sentido que nunca controla completamente.

A continuación, Heidegger afirma que el ser no es una entidad, no es Dios, no es la naturaleza, no es la energía ni la materia. No es algo; y sin embargo es lo más próximo: es la condición de todo “aparecer”. Pero precisamente por ser tan próximo, tan previo a toda distinción, no lo percibimos. El hombre se desgasta entre los entes -las cosas, las personas, los problemas- y en ese trajín olvida aquello que hace posible que todo eso comparezca. De este modo, la metafísica ha preguntado siempre por los entes supremos – como Dios, la sustancia, el sujeto-, pero nunca por el ser como tal. A eso llama Heidegger el “olvido del ser”.

Martin Heidegger
Heidegger habla del “olvido del ser”

Aparece, entonces, en la Carta un momento de diagnóstico cultural que todavía hoy resulta sorprendentemente actual. Heidegger reflexiona sobre los rótulos, las etiquetas, los “ismos”:

También nombres como “lógica”, “ética”, “física” surgen por primera vez en escena tan pronto como el pensar originario toca a su fin. En su época más grande, los griegos pensaron sin necesidad de todos esos títulos. Ni siquiera llamaron “filosofía” al pensar. Ese pensar se termina cuando sale fuera de su elemento.

En otras palabras, para Heidegger los griegos presocráticos -Heráclito, Parménides, Anaximandro- pensaban sin etiquetas institucionales, el pensamiento vivía en el asombro. Pero cuando la filosofía se convirtió en episteme, en disciplina académica con sus subdivisiones, algo se perdió: precisamente la apertura que hace posible el pensar genuino.

Luego Heidegger pasa a analizar el tema de los valores, y afirma, contundente:

El pensar contra «los valores» no pretende que todo lo que se declara como “valor” -esto es, la “cultura”, el “arte”, la “ciencia”, la “dignidad humana”, el “mundo” y “dios”- sea carente de valor. De lo que se trata
es de admitir de una vez que al designar a algo como “valor” se está privando precisamente a lo así valorado de su importancia. […] Todo valorar es una subjetivización, incluso cuando valora positivamente. No
deja ser a lo ente, sino que lo hace valer única y exclusivamente como objeto de su propio quehacer.

Ese pasaje es uno de los más provocadores de la Carta porque parece atacar cosas que normalmente consideramos positivas: la dignidad humana, el arte, la cultura o incluso Dios. Pero lo que Heidegger critica no es la importancia de esas realidades, sino el hecho mismo de tratarlas como “valores”. Porque para él, la idea moderna de “valor” ya supone una relación subjetivista con el mundo. Algo “vale” porque un sujeto humano lo estima, lo aprecia o le asigna importancia.

En el momento en que decimos “esto tiene valor”, lo convertimos implícitamente en algo dependiente de una valoración humana El centro sigue siendo el sujeto que evalúa. Por eso Heidegger afirma que todo valorar es una “subjetivización”: las cosas dejan de tener un ser propio y pasan a existir principalmente en función de cómo las medimos, usamos o apreciamos; ahí está el núcleo de su crítica. Heidegger piensa incluso cuando defendemos valores elevados, seguimos atrapados -según él- en una lógica de dominio.

Lentes
Todo valorar es una “subjetivización”

La cultura, el arte o la naturaleza quedan reducidos a algo que “vale para nosotros”. Y eso termina integrándose al mismo horizonte técnico y utilitario que pretende administrar, calcular y disponer de todo.
En otras palabras: llamar “valor” a algo parece ennoblecerlo, pero al mismo tiempo lo convierte en objeto de evaluación humana. Por eso dice que el valorar “no deja ser a lo ente”. La expresión es clave en Heidegger. “Dejar ser” significa permitir que algo aparezca según su propio modo de ser, y no solamente como recurso, utilidad o función para nosotros. Desde esta perspectiva, incluso la ética moderna seguiría siendo demasiado antropocéntrica: protege valores humanos, pero continúa colocando al hombre como medida de todas las cosas. Uno de los pasajes más audaces de la Carta toca la cuestión religiosa sin caer ni en el teísmo ni en el ateísmo fácil:

Solo a partir de la verdad del ser se puede pensar la esencia de lo sagrado. Solo a partir de la esencia de lo sagrado se puede pensar la esencia de la divinidad. Solo a la luz de la esencia de la divinidad puede
ser pensado y dicho que debe nombrar la palabra “dios”.

Hay aquí una jerarquía de preguntas que Heidegger considera inviolable. No se puede preguntar por Dios sin haber preguntado antes por lo sagrado; no se puede preguntar por lo sagrado sin haber preguntado
antes por el ser. Saltarse esos pasos produce lo que él llama la “blasfemia” de convertir a Dios en un valor supremo. No es que Heidegger declare que Dios no existe o que sí existe; lo que dice es que esa pregunta sólo puede plantearse con rigor desde un pensar que haya recuperado el acceso a la verdad del ser. Para él, en nuestro tiempo – el tiempo del olvido del ser- ni el teísmo ni el ateísmo pueden ser más que posiciones dogmáticas, porque ninguno de los dos ha preguntado lo suficientemente hondo. Así, la Carta culmina con una meditación sobre la ética que parte, sorprendentemente, de la etimología y de una anécdota. Dice Heidegger:

El término ethos significa estancia, lugar donde se mora. La palabra nombra el ámbito abierto donde mora el hombre. Lo abierto de su estancia deja aparecer lo que le viene reservado a la esencia del hombre y en su venida se detiene en su proximidad.

Así, ethos no significa primariamente “norma moral” sino “morada” . La ética en su sentido originario es el pensamiento de la estancia del hombre: ¿dónde mora verdaderamente el hombre? ¿En el claro del ser? Si eso es así, entonces el pensamiento que piensa la verdad del ser es ya, en sí mismo, la ética más originaria.

Y aquí aparece la anécdota de Heráclito, ese momento de extraordinaria concreción filosófica en la Carta. Unos forasteros van a visitar al pensador esperando encontrarlo en actitud de profundo recogimiento. Lo encuentran calentándose junto a un horno de panadero. Ante su desconcierto, Heráclito los invita a
entrar: “También aquí están presentes los dioses”. El horno de panadero, lo más cotidiano e insignificante, es el lugar de la presencia de lo sagrado, porque el ser no se retira de ningún lugar.

Horno de panadero
“También aquí están presentes los dioses”

El pensador que se calienta junto al fuego no ha abandonado el pensar: está en él, habitando la proximidad del ser en lo más simple. No se necesita una lista de normas para fundar la ética. Se necesita, antes, habitar el claro del ser: dejarse interpelar por lo que las cosas son. Las tragedias de Sófocles, dice Heidegger, encierran más ethos que los tratados de Aristóteles, porque en ellas el ser habla directamente, sin el filtro de la sistematización académica. Hacia el cierre de su Carta dice Heidegger:

Ya es hora de desacostumbrarse a sobreestimar la filosofía y por ende pedirle más de lo que puede dar. En la actual precariedad del mundo es necesaria menos filosofía, pero una atención mucho mayor al pensar, menos literatura, pero mucho mayor cuidado de la letra.

Esta es una una de las frases más sorprendentes de un filósofo sobre la filosofía: “menos filosofía, más pensar”. Es que, para Heidegger, la filosofía como institución, como disciplina académica, como sistema, puede ser en realidad un obstáculo para el pensar genuino. El cuidado de la letra, la atención a la palabra justa, el silencio antes de hablar, eso es lo que se necesita. Quizás por eso da tanta importancia a los poetas. Y entre todos los poetas, ninguno ocupa un lugar tan decisivo como Friedrich Hölderlin.

Heidegger ve en él al mensajero de una época desgarrada, situada entre la huida de los antiguos dioses y el avance de un mundo cada vez más técnico y desarraigado. Hölderlin escribe desde esa intemperie espiritual que tanto le interesa a Heidegger, pero sin caer en el puro nihilismo. Sus versos parecen sostener todavía la espera de algo sagrado que ya no se manifiesta plenamente y, sin embargo, tampoco desaparece del todo. De allí la fascinación de Heidegger por frases como: “Poéticamente habita el hombre esta tierra” o “Allí donde está el peligro, crece también lo que salva”.

En esas palabras Heidegger cree escuchar no solamente belleza literaria, sino una verdad más profunda sobre la existencia humana: que aun en medio del extravío moderno, el lenguaje poético puede conservar abierta la posibilidad de otro modo de habitar el mundo. Y así avanza hacia expresiones desconcertantes como la de “descenso hacia la pobreza”. En Heidegger, descender no es degradarse, es regresar a lo elemental, a lo que la filosofía, en su ambición sistemática, ha ido dejando atrás.

Johann Christian Friedrich Hölderlin
Johann Christian Friedrich Hölderlin

Para Heidegger, la pobreza del pensar es la pobreza del pastor: no la carencia sino la liberación de la acumulación. Quizás por esto muchos intérpretes vieron en el último Heidegger una deriva casi mística, aunque él rechazara explícitamente tanto la religión tradicional como la mística entendida en sentido clásico. Esta sospecha aparece porque su pensamiento abandona cada vez más el análisis racional argumentativo y adopta un tono de espera, escucha y revelación. El “pastor del ser”, entonces, ya no transforma el mundo mediante conceptos o acción política, sino que permanece atento a un acontecer que no controla.

Algunos críticos fueron muy duros con esto, viendo a Heidegger como una figura pasiva, retirada del conflicto social y refugiada en una supuesta “interioridad elevada”. Porque su postura ente la ética y los valores tienen consecuencias enormes, y problemáticas también, ya que, por un lado, Heidegger detecta algo real: la modernidad tiende a convertir todo en objeto gestionable, incluso el arte, la naturaleza o las relaciones humanas. Y en este sentido su crítica anticipa muchas discusiones contemporáneas sobre tecnocracia, consumo y mercantilización.

Pero, por otro lado, su rechazo del lenguaje de los valores genera un problema serio: si abandonamos completamente categorías como dignidad humana, derechos o valores éticos, ¿con qué defendemos concretamente a las personas frente a la violencia o la injusticia? Por eso, muchos pensadores sostienen que su intento de “superar el humanismo y los valores” termina debilitando herramientas éticas fundamentales.

Hans-Georg Gadamer
Hans-Georg Gadamer

Otros autores, en cambio, interpretaron esa dimensión de manera más positiva, como Hans-Georg Gadamer, quien vio en Heidegger una recuperación de la experiencia originaria del pensar, anterior al racionalismo técnico moderno. Es cierto que Gadamer no adoptará todo el pensamiento de Heidegger sin reservas y, a diferencia de su maestro, evitará el tono casi profético o místico de la filosofía tardía heideggeriana.

Lo cierto es que ajeno a todas estas derivas Heidegger cierra su Carta con una de las imágenes más bellas y enigmáticas de todo su pensamiento y de una humildad desconcertante. El pensador no es el héroe que toma la fortaleza del ser por asalto; es el campesino que traza surcos apenas visibles en la tierra. Dice:

Así, el lenguaje es el lenguaje del ser, como las nubes son las nubes del cielo. Con su decir, el pensar traza en el lenguaje surcos apenas visibles. Son aún más tenues que los surcos que el campesino, con paso lento, abre en el campo.

Pero, si tuviéramos que quedarnos con un pasaje esencial que exprese lo que Heidegger pretende decir en esta Carta, sería:

Pero el ser, ¿que es el ser? El ser “es” el mismo. Esto es lo que tiene que aprender a experimentar y a decir el pensar futuro. El “ser” no es ni dios ni un fundamento del mundo. El ser está esencialmente más lejos que todo ente y, al mismo tiempo, está más próximo al hombre que todo ente, ya sea este una roca, un animal, una obra de arte, una máquina, un ángel o dios. El ser es lo mas próximo. Pero la proximidad es lo que más lejos le queda al hombre.

Referencias

Ferraris, Maurizio. (2001). La hermenéutica. Madrid. Taurus.

Heidegger, M. (1997). Ser y tiempo. Santiago de Chile: Editorial universitaria

Heidegger, M. (2006). Carta sobre el humanismo. Madrid: Alianza.

Leyte, Arturo. (2005). Heidegger. Madrid: Alianza Editorial.

Ott, Hugo. (1992). Martin Heidegger. En camino hacia su biografía. Madrid: Alianza Editorial.


Ferraris, M. La hermenéutica https://drive.google.com/file/d/13O3IEeI_o1Xx8jIPCdAkp_GE3PXvizFA/view?usp=sharing

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