En esta entrada sobre los principales aportes filosóficos de Bruno Latour, analizamos de qué manera este pensador enfrentó una creencia que durante siglos parecía incuestionable: la de haber trazado una frontera clara entre las leyes de la naturaleza y los asuntos humanos: por un lado, un mundo natural regido por leyes objetivas que la ciencia se encargaba de descubrir; por otro, un mundo social hecho de decisiones, valores y convenciones.

Latour dedicó buena parte de su obra a mostrar que esa frontera nunca fue tan firme como se supuso, y que la propia idea de una separación total entre naturaleza y sociedad es, en el fondo, una ficción que la modernidad necesitó para pensarse a sí misma. Lo interesante de su recorrido es que no empieza preguntándose qué es la verdad, sino cómo se “fabrica”. En lugar de tomar la ciencia como un territorio ya dado, decide entrar físicamente en el laboratorio y observar de cerca qué hacen realmente los científicos cuando dicen producir conocimiento.
De manera que recorreremos ese itinerario siguiendo el orden en que aparecen sus principales obras, deteniéndonos en los conceptos que cada una introduce y en la relevancia que conservan hoy, cuando problemas como el cambio climático o las tecnologías digitales vuelven todavía más urgente pensar los entrelazamientos entre lo “humano” y lo “no humano”.
Conviene aclarar, antes de avanzar, qué tipo de autor es Latour y qué tipo de lectura ces preciso hacer de su obra. No se trata de un filósofo que proponga un sistema cerrado desde el inicio, con axiomas y deducciones, sino de un pensador que construye sus conceptos a partir de investigaciones concretas, casi siempre empíricas, y que va ajustando y ampliando sus herramientas de un libro a otro. Por eso tiene sentido recorrer su obra en el orden en que fue publicada: cada texto retoma los conceptos del anterior, los pone a prueba en un nuevo terreno y, muchas veces, los corrige o los profundiza. Leído así, su pensamiento se parece menos a un edificio terminado que a una investigación en curso, coherente con su propia idea de que el conocimiento nunca está completamente cerrado, sino siempre en proceso de estabilización.
Bruno Latour nació en 1947 en Beaune, Francia, en el seno de una familia dedicada a la producción vitivinícola. Se formó en filosofía y antropología, dos disciplinas que van a convivir en toda su producción posterior: la primera le da las preguntas de fondo sobre la verdad, el conocimiento y la acción; la segunda le proporciona el método, porque Latour va a tratar a los científicos con la misma atención etnográfica con la que un antropólogo estudiaría una tribu desconocida.
Latour en el Instituto Salk
El punto de inflexión de su carrera llega con su trabajo etnográfico en laboratorios científicos, en particular en el Instituto Salk, en California, donde pasa un tiempo prolongado observando las prácticas cotidianas de los investigadores. Esa experiencia es decisiva, porque en vez de preguntarse si los resultados que allí se producían eran verdaderos o falsos, Latour se pregunta cómo se llegaba a producirlos, discutirlos y, finalmente, aceptarlos como “hechos”. Esa mirada fue completamente nueva en su época, porque la filosofía de la ciencia solía discutir sobre la validez del conocimiento científico sin haber estado nunca en un laboratorio.

Vale la pena detenerse un momento en lo que significaba, en ese contexto, tratar a los científicos como objeto de una “mirada antropológica”. Hasta entonces, la filosofía de la ciencia solía discutir sobre la validez de las teorías desde afuera, comparando enunciados con hechos, o analizando la lógica interna de las explicaciones. Latour propone, en cambio, un desplazamiento radical de método: en vez de preguntarse si un enunciado científico corresponde o no con la realidad, decide observar el proceso social y material completo por el cual ese enunciado llega a imponerse como verdadero. Esa decisión metodológica, aparentemente pequeña, es la que termina dando forma a todo su edificio conceptual posterior.
Su proyecto se inscribe en el desarrollo de los que surgen en la segunda mitad del siglo XX, un campo que empieza a cuestionar la idea de la ciencia como una actividad “autónoma” y “puramente racional”. En diálogo con la epistemología histórica francesa, la sociología del conocimiento y la antropología, Latour toma distancia tanto del realismo ingenuo, que sostenía que los científicos simplemente descubren “lo que ya existe en la naturaleza”, como si bastara con “mirar bien”, como del relativismo extremo, que afirmaba que la ciencia es “pura convención social”, tan válida o inválida como cualquier otra creencia.
Latour rechaza ambas salidas fáciles; su apuesta es describir cómo se producen los hechos sin reducirlos a una naturaleza independiente ni a una construcción arbitraria. Así, Latour nunca escribe desde afuera de la ciencia, con la sospecha de quien busca desenmascararla, sino desde una posición mucho más cercana a la de un colaborador atento que quiere entender los mecanismos internos de una práctica que admira. Esa diferencia de actitud es importante para no malinterpretar su proyecto: cuando dice que los hechos científicos “se construyen”, no está sugiriendo que sean menos válidos o menos reales que si nos fueran dados, sino mostrando el enorme trabajo colectivo, material e institucional que hace falta para que algo se vuelva sólido y confiable.
La vida en el laboratorio

El primer gran aporte de Latour aparece en La vida en el laboratorio: la construcción de los hechos científicos, de 1979, escrito junto al sociólogo Steve Woolgar a partir de esa estadía en el Instituto Salk. La tesis central del libro es simple pero perturbadora: el laboratorio no es un lugar donde simplemente se descubren hechos que ya estaban ahí, esperando a ser encontrados, sino un lugar donde esos hechos se construyen. Para explicarlo, Latour introduce el concepto de “inscripción”.
Cuando un científico mide la temperatura de una reacción química y la vuelca en un gráfico, ese gráfico es una inscripción: traduce un fenómeno físico en algo que puede verse, compararse, archivarse y discutirse. Las inscripciones (registros, gráficos, tablas de datos) son el material concreto con el que trabaja realmente la ciencia, mucho antes de que exista algo parecido a una teoría consolidada. Los científicos producen inscripciones que transforman fenómenos invisibles o difusos en entidades visibles y manipulables, y esas inscripciones son luego interpretadas, discutidas y estabilizadas progresivamente por la comunidad.
Latour no está diciendo que los científicos mientan o inventen sus resultados a voluntad. Lo que muestra es algo más sutil: que el camino que va desde el fenómeno físico hasta el enunciado científico publicado está hecho de traducciones sucesivas, cada una de las cuales exige trabajo, decisiones y descartes. Una reacción química se traduce en una lectura de instrumento; esa lectura se traduce en un número anotado en un cuaderno; ese número se traduce en un gráfico; ese gráfico se traduce, finalmente, en una frase del tipo “la sustancia X provoca el efecto Y”. En cada uno de esos pasos se pierde información y se gana estabilidad: el fenómeno original, rico y ambiguo, se empobrece para volverse manejable, citable, transportable de un laboratorio a otro.

Un hecho científico se consolida, entonces, cuando deja de ser objeto de controversia y comienza a circular como algo dado, mientras que todo el proceso que lo generó (los debates, los instrumentos, los descartes, las negociaciones) queda oculto detrás del resultado final. Pensemos en un ejemplo cotidiano: cuando un médico anuncia que cierta bacteria provoca una enfermedad, esa afirmación no surge de la nada. Detrás hay equipos de laboratorio, protocolos de análisis, colegas que revisaron los datos, revistas científicas que lo publicaron y financiadores que pagaron la investigación.
Para Latour, todo ese entramado forma parte del hecho mismo: la verdad científica, lejos de caer del cielo, se
construye paso a paso, en espacios concretos, con personas e instrumentos reales. Para que algo se vuelva un hecho sólido, tiene que atravesar un proceso social y material muy exigente. Esta idea desplaza el problema clásico de la epistemología. Ya no alcanza con preguntar qué es verdadero, en abstracto; también hay que explicar cómo algo llega a estabilizarse como verdadero dentro de una red de actores concretos. Es un desplazamiento metodológico antes que una negación de la ciencia: Latour no dice que los hechos sean falsos o arbitrarios, sino que su solidez es el resultado de un trabajo, no un dato de partida.
Ciencia en acción
Esta línea de trabajo se profundiza en Ciencia en acción: cómo seguir a los científicos e ingenieros a través de la sociedad, de 1987, donde Latour distingue entre dos momentos de la actividad científica: la ciencia en proceso, marcada por la incertidumbre, la controversia y la discusión abierta, y la ciencia ya estabilizada, que se presenta ante el público como un cuerpo de conocimiento incuestionable. Para nombrar ese segundo momento, Latour introduce uno de sus conceptos más citados: la “caja negra”. La metáfora está tomada de la tecnología: cuando usamos un teléfono celular, no pensamos en los miles de circuitos que funcionan en su interior, simplemente lo usamos.

Del mismo modo, en la ciencia hay conocimientos que ya nadie discute porque se dieron por cerrados: que la Tierra gira alrededor del Sol, que el ADN porta información genética, que ciertos virus se transmiten por el aire. Esos conocimientos son cajas negras: se los utiliza sin revisar el proceso que llevó a construirlos. Lo que a Latour le interesa, sin embargo, es exactamente el momento anterior a que la caja “se cierre”; el instante en que esos conocimientos todavía estaban “abiertos”, cuando los científicos discutían entre sí para imponerlos frente a otras hipótesis en competencia.
Ahí es donde se ve con mayor claridad que un hecho no se impone solo, sino que necesita que se articulen “redes de traducción”, es decir, que se alineen intereses diversos (de colegas, instituciones, financiadores, instrumentos) para que ese hecho logre finalmente estabilizarse y volverse indiscutible. Esta distinción entre los “dos tiempos” de la ciencia tiene una consecuencia interesante para cualquiera que quiera entender los debates científicos actuales: buena parte de las discusiones públicas sobre temas científicos (una vacuna, un tratamiento, una tecnología nueva) ocurren precisamente en ese momento en que la caja “todavía no se cerró”, cuando distintos grupos de especialistas compiten por imponer su versión de los hechos. Confundir ese estado de controversia abierta con una supuesta “falta de rigor” de la ciencia, o pedir certezas absolutas allí donde todavía se está negociando el cierre de una caja negra, es, para Latour, no entender cómo funciona realmente el conocimiento científico en su fase de producción.
Nunca fuimos modernos
Con estas herramientas ya construidas, Latour publica en 1991 Nunca fuimos modernos, donde amplía su análisis de la ciencia hacia una crítica de la modernidad en su conjunto. La tesis central del libro es que la separación tajante entre “naturaleza” y “sociedad”, entre “sujeto” y “objeto”, constituye una ficción teórica que la modernidad necesitó proclamar, pero que jamás logró llevar a la práctica. Porque en la práctica, sostiene Latour, lo que existen son “híbridos”: entidades que combinan dimensiones naturales y sociales de manera inseparable.

Pensemos en el cambio climático: ¿es un fenómeno natural o un problema social? La respuesta honesta es que ambas cosas al mismo tiempo. El clima cambia por procesos geológicos y atmosféricos, pero también por decisiones políticas, hábitos de consumo, acuerdos internacionales y modelos económicos. Separar la naturaleza de la sociedad en ese caso resulta, sencillamente, imposible. Lo mismo ocurre con un virus, que es a la vez un organismo biológico y un actor que reconfigura políticas sanitarias, economías y vínculos sociales, o con una tecnología, que es a la vez un artefacto material y una institución que organiza comportamientos.
Para la modernidad occidental, esa mezcla era una anomalía, algo que había que resolver eligiendo un lado: o bien se trataba de “naturaleza pura”, o bien de “construcción social pura”. Para Latour, en cambio, esas mezclas son la regla, lo normal, lo que de verdad existe. La tesis del libro, entonces, puede resumirse así: la modernidad nunca logró realizar la separación que proclamaba, porque siempre produjo, en los hechos, mezclas que desbordan esa distinción. De ahí el título, tan citado como provocador: “nunca fuimos modernos”, porque el proyecto moderno de purificación” convivió siempre, en paralelo, con una intensa proliferación de “híbridos” que ese mismo proyecto se negaba a reconocer.
Este diagnóstico tiene consecuencias que van mucho más allá de la filosofía de la ciencia. Si la modernidad se definió, entre otras cosas, por la promesa de un progreso lineal en el que la razón iría despejando, poco a poco, el terreno de las creencias y las mezclas premodernas, la constatación de que esa purificación nunca ocurrió realmente obliga a repensar el propio relato con el que Occidente contó su historia. No se trata de negar los avances científicos y tecnológicos, sino de advertir que esos avances estuvieron siempre acompañados, e incluso sostenidos, por procesos más complejos que la retórica moderna prefería no nombrar.
Reensamblar lo social
Esta crítica a la gran división moderna se profundiza y se sistematiza en Reensamblar lo social, de 2005, donde Latour redefine por completo el concepto de “lo social”. En lugar de entenderlo como una “sustancia” ya dada o como un ámbito específico de la realidad (separado, por ejemplo, de lo económico o de lo técnico), lo concibe como el efecto de asociaciones entre actores. Así, lo social no es un lugar, sino un resultado: el resultado momentáneo de una red de relaciones que se sostiene mientras esas relaciones se mantienen activas.

Es en este libro donde Latour desarrolla con mayor detalle la Teoría del Actor-Red, que propone analizar la realidad a partir de las relaciones que se establecen entre humanos y no humanos, sin otorgarle de entrada una jerarquía superior a los primeros. En una misma “red” pueden participar personas (científicos, técnicos, funcionarios), objetos materiales (instrumentos, laboratorios, infraestructuras), elementos simbólicos (teorías, datos, gráficos, discursos) y condiciones institucionales (financiamiento, normas, validación académica). Latour llama a esto “redes heterogéneas”: entramados en los que intervienen elementos de distinta naturaleza que se articulan entre sí para producir y sostener un resultado, como puede serlo el conocimiento científico, pero también una política pública o una infraestructura urbana.
Lo decisivo de esta perspectiva es que ninguno de esos componentes actúa de manera aislada ni
tiene una primacía absoluta sobre los demás: lo que produce efectos es la red de relaciones que los vincula. Un hecho, o cualquier resultado, emerge cuando esa red logra estabilizarse, es decir, cuando todos esos elementos funcionan coordinadamente y refuerzan mutuamente su validez dentro de un
contexto determinado. En ese marco, cualquier entidad capaz de producir efectos forma parte de la red, ya sea un científico, un instrumento, una bacteria o un texto.
Así, la acción deja de pensarse como propiedad exclusiva de un sujeto individual y pasa a entenderse como el resultado de múltiples mediaciones. Para nombrar a esos componentes de la red, Latour acuña el término “actante”: todas aquellas entidades que participan en una acción y producen algún efecto dentro de ella. El término evita limitar la acción a los sujetos humanos: un actante puede ser una persona, pero también un instrumento, un texto, una bacteria, un algoritmo o una institución. La clave está en que “actuar” no significa aquí tener “intención” o “conciencia”, sino intervenir de algún modo en el curso de los acontecimientos.
Latour ofrece ejemplos que ayudan a visualizar la idea: un semáforo hace que los autos se detengan, sin decidir nada por sí mismo; una vacuna cambia el comportamiento de una población porque actúa como un actante dentro de una red, introduciendo nuevas posibilidades de acción y reconfigurando las relaciones entre personas, instituciones, prácticas y discursos; un río modifica la historia de una ciudad, condicionando su trazado, su economía y sus conflictos.

Un microscopio, por su parte, no decide nada, pero hace posible ver ciertos fenómenos y no otros; en ese sentido, también modifica la acción. Todos esos objetos son “actantes” porque producen efectos reales en el mundo, en el mismo plano en que lo hacen las personas. Esta manera de entender la acción tiene una implicancia metodológica muy concreta a la hora de analizar cualquier fenómeno social, tecnológico o científico: en lugar de preguntar primero quién tuvo la intención de producir determinado resultado, la Teoría del Actor-Red propone reconstruir, paso a paso, la red completa de actantes que hizo posible ese resultado, sin descartar de antemano ningún elemento por considerarlo demasiado “material” o demasiado “pequeño” para importar. Un formulario burocrático, un cable submarino o una base de datos pueden resultar tan decisivos para que algo ocurra como la voluntad de cualquier funcionario o directivo.
Investigación sobre los modos de existencia
En su obra tardía, y especialmente en Investigación sobre los modos de existencia. Una antropología de los modernos, de 2012, Latour intenta sistematizar todo su pensamiento anterior proponiendo que existen diferentes modos de existencia, cada uno con sus propias reglas de validación. La ciencia, el derecho, la política o la religión no se reducen a un único criterio de verdad, lo que permite pensar una pluralidad de formas de racionalidad sin caer en un relativismo absoluto.

La idea de “modos de existencia” responde a una pregunta muy concreta: ¿cómo sabemos si algo es verdadero? Y la respuesta, sostiene Latour, cambia según el campo en el que nos movamos. En la ciencia, la verdad se demuestra con experimentos repetibles. En el derecho, con procedimientos formales y precedentes. En la religión, con experiencias de fe y tradición comunitaria. Cada modo tiene su propia lógica interna, y mezclarlos genera confusión: exigirle a la fe religiosa que se comporte como un experimento científico, o pedirle al arte que funcione como un tribunal, son, para Latour, errores de categoría.
En esta etapa final de su obra se vuelve cada vez más central su preocupación por la crisis ecológica. Latour sostiene que el problema ambiental obliga a abandonar definitivamente la idea de una “naturaleza externa”, concebida como un objeto pasivo frente a la acción humana. Propone, en cambio, pensar el planeta como una red de interdependencias en la que los humanos están profundamente involucrados, e introduce la noción de “lo terrestre” como una forma de reorientar la política hacia esa condición compartida.
Por lo tanto, si la naturaleza dejó de ser un “fondo pasivo” sobre el que actúa la humanidad, entonces, sostiene Latour, la política también tiene que cambiar de raíz: ya no puede pensarse como un asunto exclusivamente humano que se desarrolla sobre un escenario natural neutral. Es interesante notar que esta pluralidad de modos de existencia no equivale a un relativismo donde todo vale por igual. Latour insiste en que cada modo tiene sus propias condiciones de “felicidad” y de “fracaso”: un enunciado científico puede ser refutado por un experimento, un fallo judicial puede ser revocado por una instancia superior, una obra de arte puede resultar fallida según los criterios internos de su propio género.
Lo que Latour rechaza es la pretensión de que exista un único modo (típicamente, el de la referencia científica) capaz de juzgar la validez de todos los demás. Esa exigencia, sostiene, es la que generó buena parte de las falsas batallas entre ciencia y religión, o entre ciencia y derecho, a lo largo de la modernidad.
Un triple desplazamiento
Tras este recorrido por sus obras principales, el núcleo filosófico del pensamiento de Latour puede resumirse como un triple desplazamiento. En primer lugar, la verdad deja de concebirse como correspondencia directa con una realidad ya dada, para pensarse como el resultado de procesos concretos de construcción, tal como se ve ya en La vida en el laboratorio y en Ciencia en acción. En segundo lugar, la acción deja de atribuirse a un sujeto aislado (humano, consciente, intencional) para comprenderse como el efecto de ensamblajes de actantes humanos y no humanos, tal como lo desarrolla la Teoría del Actor-Red y en Reensamblar lo social. En tercer lugar, la división tajante entre naturaleza y sociedad se sustituye por la noción de híbridos, formulada centralmente en Nunca fuimos modernos y retomada, con su dimensión ecológica y política, en Investigación sobre los modos de existencia.

Este enfoque permite describir con gran precisión cómo se producen y se estabilizan los hechos, y ofrece herramientas conceptuales muy valiosas para analizar la ciencia y la tecnología en toda su complejidad, evitando tanto la ingenuidad de creer que los hechos simplemente “están ahí”, esperando “ser descubiertos”, como el escepticismo de creer que todo es pura “invención social”.
Sin embargo, esta perspectiva presenta una limitación importante, que la propia obra de Latour no deja de señalar: al analizar a humanos y no humanos en un mismo plano, lo que se conoce como “principio de simetría”, se describe muy bien cómo se construyen las redes, pero se vuelve más difícil distinguir quién es responsable de qué.
En términos políticos, esto puede generar un problema serio: si una decisión o un resultado aparece como el efecto de una red donde intervienen personas, tecnologías, instituciones y objetos, la responsabilidad tiende a dispersarse. Cuesta señalar con claridad a un agente que deba rendir cuentas, porque la acción queda distribuida entre múltiples actantes. En un conflicto sanitario o ambiental, por ejemplo, el análisis puede mostrar una compleja red de actantes involucrados, pero no necesariamente ofrece criterios claros para decir quién debería responder o ser criticado.
Por eso se dice que este enfoque cuenta con menos recursos para la crítica normativa: describe muy bien cómo funcionan las redes, pero deja más abierta la cuestión de cómo deberían funcionar, o quién debería ser responsabilizado cuando algo falla. Latour no niega del todo esta crítica, pero la desarma cambiando el terreno de la discusión, y su defensa avanza en tres direcciones. Primero, sostiene que la Teoría del Actor-Red no es una teoría normativa sino descriptiva: su objetivo es mostrar cómo se producen los hechos y cómo se distribuye la acción en redes complejas, no dictaminar de antemano quién tiene la responsabilidad.

Latour considera que si uno introduce desde el inicio juicios morales o jerarquías -por ejemplo, dar por sentado que “los humanos son los únicos responsables”-, corre el riesgo de simplificar y perder de vista cómo funcionan realmente esas asociaciones; la simetría es, en ese sentido, un método para no prejuzgar, no una afirmación de que “todo valga lo mismo”.
Segundo, responde que la responsabilidad no desaparece, sino que se redistribuye: en lugar de pensarla como algo que pertenece de antemano a un sujeto aislado, propone rastrear cómo se construye
dentro de la red, lo que permitiría, según él, una crítica más precisa, porque muestra dónde intervenir en
lugar de atribuir culpas de manera abstracta.
Tercero, en sus trabajos más tardíos, en particular en Reensamblar lo social y de manera más explícita en Políticas de la naturaleza, Latour intenta reintroducir la dimensión propiamente política de su proyecto, planteando que la tarea no es separar hechos y valores, sino construir “colectivos” donde humanos y no humanos estén representados y puedan ser discutidos conjuntamente. La limitación, de todos modos, sigue en pie: este enfoque complica las condenas rápidas y las atribuciones directas de responsabilidad, algo especialmente sensible cuando se trata de crisis ambientales o sanitarias donde suele reclamarse justamente lo contrario, es decir, señalar con claridad a los responsables.

La apuesta de Latour es que, a cambio de esa incomodidad, su enfoque ofrece un análisis más fino de los procesos reales y, con eso, una base más sólida para intervenir sobre ellos. Esta discusión conviene tenerla presente especialmente cuando se lleva el vocabulario de Latour fuera del ámbito estrictamente académico, por ejemplo a debates públicos sobre responsabilidad empresarial, regulación tecnológica o política ambiental. Hablar de redes y de actantes puede resultar muy productivo para describir con precisión cómo se llegó a una determinada situación, como un desastre ambiental, una crisis sanitaria o la difusión de una tecnología riesgosa, pero no reemplaza la pregunta, siempre necesaria, de qué actor humano concreto tomó qué decisión y con qué margen de alternativas disponibles.
El propio Latour parece consciente de esa tensión cuando, en sus últimos años, insiste cada vez más en la necesidad de construir instituciones y colectivos capaces de deliberar y decidir, y no se conforma únicamente con describir redes ya constituidas.
Conclusión
Leído en el orden en que fue apareciendo, el itinerario de Bruno Latour dibuja una trayectoria muy coherente. Empieza mirando de cerca el trabajo concreto de los científicos en el laboratorio, para mostrar que los hechos no caen del cielo sino que se fabrican con inscripciones, discusiones y negociaciones. De ahí extrae una distinción entre la ciencia todavía abierta y la ciencia ya convertida en caja negra, indiscutible.
Con esas herramientas, dirige la mirada hacia la modernidad en su conjunto, para desmontar la gran división entre naturaleza y sociedad y mostrar que lo que en verdad proliferó, bajo esa fachada de pureza, fueron los híbridos. A partir de ahí construye una teoría general de la acción, la Teoría del Actor-Red, que pone en un mismo plano a humanos y no humanos, y que en su etapa final desemboca en una reflexión sobre la pluralidad de los modos de existencia y sobre la urgencia de pensar políticamente lo terrestre.

Ese recorrido no está exento de tensiones, y la propia obra de Latour las asume: al describir con tanta precisión cómo se ensamblan las redes que sostienen nuestros hechos y nuestras instituciones, su enfoque puede volver más difícil señalar responsabilidades claras en el momento en que algo falla. Pero incluso esa dificultad es reveladora, porque obliga a pensar la responsabilidad de un modo menos cómodo y más ajustado a cómo efectivamente se producen los procesos colectivos.
A lo largo de su carrera, Latour se desempeñó en instituciones como la École des Mines y Sciences
Po, y en sus últimos años orientó su trabajo hacia la crisis ecológica y el cambio climático, ampliando
su reflexión hacia una filosofía política del planeta. Murió en 2022, dejando una obra que se volvió una
referencia ineludible para pensar el conocimiento, la ciencia y la crisis contemporánea.
El legado de Bruno Latour es, en ese sentido, enorme: enseñó a ver la ciencia como una práctica humana situada, sin por eso restarle rigor ni volverla una mera opinión; mostró que las cosas también hacen historia, que un microscopio, una vacuna o un río pueden modificar el curso de los acontecimientos tanto como una decisión humana; y nos dejó herramientas conceptuales muy precisas (inscripción, caja negra, híbrido, actante, red heterogénea, modos de existencia, lo terrestre) para pensar un mundo donde la naturaleza y la sociedad se mezclan de maneras que ya no podemos seguir ignorando.
Referencias
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(2012). Investigación sobre los modos de existencia. Una antropología de los modernos. Buenos Aires: Paidós.
Thomas, H. y Buch, A. (comps.). (2008). Actos, actores y artefactos. Sociología de la tecnología. Bernal: Universidad Nacional de Quilmes.
Latour, B. La vida en el laboratorio https://drive.google.com/file/d/1yQeA12lW6upK2g6NdYaKknAk1RhSHcCK/view?usp=sharing
Latour, B. Ciencia en acción https://drive.google.com/file/d/1h9A6gHaMUNy-bp0A8i75y2ROEUo8Bs20/view?usp=sharing
Latour, B. Nunca fuimos modernos https://drive.google.com/file/d/1ZEimIogQWGiOhNxKoD5YNr9Z4lXlMPSD/view?usp=sharing
Latour, B. Reensamblar lo social https://drive.google.com/file/d/12qH475DcnBEpL07azY236bJvQmWKiz9h/view?usp=sharing
Latour, B. Investigación sobre los modos de existencia https://drive.google.com/file/d/1ku9kIfIHUBHTB_jLjqkc-PxHVHbmMV7G/view?usp=sharing
Latour, B. Políticas de la naturaleza https://drive.google.com/file/d/1XAsIAu0BJ8y3nV4QehvjpFB8ptT1LlGp/view?usp=sharing










