Giorgio Agamben

Giorgio Agamben: conceptos fundamentales de su filosofía

En esta entrada sobre Giorgio Agamben y los conceptos fundamentales de su filosofía, recorremos los momentos centrales de la obra de este pensador italiano, nacido en Roma en 1942. Miembro de una familia veneciana de origen armenio, su formación intelectual se desarrolló en un cruce poco habitual entre filología, filosofía y teoría política.

Agamben se licenció en la Universidad de Roma en 1965 con un trabajo sobre el pensamiento político de Simone Weil. Al año siguiente asistió a los seminarios de Martin Heidegger en Le Thor, un pequeño pueblo del sur de Francia donde el filósofo alemán dictó, entre 1966 y 1969, una serie de seminarios privados para un grupo reducido de filósofos e intelectuales. Se tayaba de encuentros intensivos centrados en la lectura minuciosa de sus propios textos y de la tradición filosófica griega.

Giorgio Agamben
Giorgio Agamben

Esta experiencia resultó decisiva para Agamben, quien nunca negó ni minimizó el compromiso político de Heidegger con el nazismo. Lo que le interesaba era comprender cómo una filosofía tan radical sobre el “ser” pudo coexistir con la adhesión a un régimen totalitario. Ese choque no lo condujo a descartar a Heidegger, sino a tomarlo como síntoma de una situación más abarcadora. Heidegger funciona en su obra como el lugar donde la filosofía del siglo XX dice algo decisivo y, al mismo tiempo, queda atrapada en lo que no logra pensar. Muestra con enorme potencia un problema histórico-ontológico -el “olvido del ser” , la técnica, la “metafísica de la presencia” -, pero también encarna las consecuencias políticas y conceptuales de ese mismo marco.

Así, en lugar de separar la “gran filosofía” de este pensador de su “error político”, Agamben se interroga por las zonas de contacto entre ontología y política. Precisamente ahí emerge uno de sus ejes centrales: la idea de que los conceptos aparentemente abstractos pueden tener consecuencias políticas devastadoras cuando no se examinan sus efectos históricos. En este sentido, Agamben retoma nociones centrales de Heidegger, como “ser”, “mundo”, “abandono”, “desocultamiento”, y las desplaza hacia el terreno jurídico-político.

Allí aparece la fisura: la “analítica del ser” deja zonas sin pensar donde pueden instalarse la excepción, la desprotección y la captura de la vida. El problema, entonces, no radica en que Heidegger “se haya equivocado”, sino en que no pensó las consecuencias políticas de su ontología. Por eso su crítica es velada: Agamben no rompe con Heidegger, pero tampoco lo sigue sin reservas. Lo toma como punto de partida para una filosofía que intenta hacer visible lo que en Heidegger queda en suspenso: la relación entre ser, ley y poder sobre la vida.

https://youtu.be/qlveNBpH3SQ
Giorgio Agamben

De este modo, su trayectoria intelectual se fue consolidando en diálogo crítico con Aristóteles, el derecho romano, Walter Benjamin y Michel Foucault, siempre con una misma preocupación de fondo: comprender cómo el poder moderno captura la vida y la expone. Por eso su obra resulta incómoda: no propone soluciones políticas inmediatas, pero obliga a revisar los supuestos más profundos de las democracias contemporáneas.

Para captar la magnitud de su diagnóstico, realizaremos aquí un recorrido a través de sus obras clave, siguiendo el rastro que él mismo nos dejó, para observar, paso a paso, cómo se construye esta crítica radical a nuestro presente.

La comunidad que viene (1990)

Si queremos comprender a Agamben, debemos comenzar por el final, es decir, por el horizonte hacia el que apunta todo su pensamiento. Esto significa enfocarnos en La comunidad que viene, una obra publicada cinco años antes de su gran proyecto Homo Sacer, dado que este libro establece la meta, la posibilidad utópica de una comunidad sin soberanía. Esto significa la posibilidad de vivir juntos sin un poder que pueda decidir quién cuenta y quién puede ser abandonado, aunque Agamben es consciente de que eso es un horizonte límite, no un programa listo para aplicar.

Para imaginar esa otra comunidad, Agamben nos presenta un concepto fundamental, casi una brújula para todo su pensamiento: la “forma-de-vida”. Este concepto requiere considerar la distinción clásica de los griegos: por un lado, la zoé, el simple hecho biológico de vivir, de nacer y morir, algo que compartimos con los animales y que relegaban al espacio privado. Por otro, el bíos, la vida cualificada, la forma de vida del ciudadano en la polis.

Agamben nos invita a imaginar una existencia donde esta separación ya no sea posible. Una “forma-de-vida” es, así, una vida que resulta inseparable de su forma, una existencia vivida como pura “potencia”, como posibilidad constante. Lo que está en juego aquí no es cumplir un rol o encajar en una identidad, sino la felicidad, el goce pleno de la vida.

Acrópolis de Atenas

A partir de esta idea, Agamben propone una comunidad radicalmente distinta a las que conocemos. No se basa en una identidad compartida, como ser francés, ser trabajador, ser de un partido político, ni en un “lazo social” que nos una por la fuerza. Al contrario, se funda en una “desligadura” (déliaison). Se trata de una comunidad que asume la singularidad de cada ser, su rostro único, sin exigirle una máscara para pertenecer.

El obstáculo para alcanzar este objetivo es lo que él ve como “la máquina del poder soberano”, el dispositivo que, desde el origen de la política occidental, se ha dedicado precisamente a separar la vida de su forma. Esto ocurre cuando la vida queda escindida, reducida a vida biológica gobernable, mientras su forma queda desactivada o neutralizada.

La “forma-de-vida”, en cambio, nombra una vida que no puede ser separada de sus prácticas, de su lenguaje y de su modo de estar en el mundo. No es una vida a la que luego se le agregan normas o derechos, sino una vida que ya es inseparable de su forma. Por eso, cuando el poder realiza esa separación, lo que produce es exposición, vulnerabilidad y excepción; y, en cambio, cuando esa separación no se produce, se abre la posibilidad de pensar una política distinta, más allá de la lógica soberana. Así, para desmantelar esa máquina, Agamben debía iniciar su excavación arqueológica más profunda: el proyecto Homo Sacer.

Artículo sobre Giorgio Agamben https://mondiplo.com/giorgio-agamben-el-espiritu-que-vive

Homo Sacer: El poder soberano y la nuda vida (1995)

En 1995, Agamben publica la obra que lo catapultaría al centro del debate filosófico mundial. Homo Sacer I no es una simple crítica política; es una excavación que desvela el vínculo secreto y originario entre el poder y la vida. Su tesis es devastadora: la producción de un “cuerpo biopolítico” no es un invento de la modernidad, sino el acto fundacional del poder soberano. Para entenderlo, hay que retomar la distinción griega: zoé, la vida natural del hogar (oîkos), y bíos, la vida política de la ciudad (polis).

Libro Homo Sacer

La tesis de Agamben es que toda la política occidental se funda en una “exclusión inclusiva” de la zoé. Es decir, la vida natural es excluida del espacio político, pero esa misma exclusión es lo que la mantiene ligada al poder soberano. Para probarlo, Agamben rescata del olvido una oscura y enigmática figura del derecho romano arcaico: el homo sacer.

El homo sacer era un individuo expulsado de la comunidad, atrapado en una paradoja jurídica aterradora: era una vida a la que cualquiera podía dar muerte sin cometer homicidio, pero que, al mismo tiempo, no podía ser sacrificada en un rito religioso. Estaba fuera del derecho de los hombres y del derecho de los dioses. Abandonado. Esta figura le permite a Agamben identificar el elemento político original: la “nuda vida”.

Nuda vida rn Agamben
La “nuda vida”

Y aquí es fundamental comprender esto: para Agamben, la nuda vida no es un “estado natural” previo a la política. Al contrario, como él mismo insiste, “aquello que llamo nuda vida es una producción específica del poder y no un dato natural… no encontraremos jamás… un hombre sin lenguaje y sin cultura”. La nuda vida es el resultado de una sofisticada operación jurídica. Es una vida creada por el poder al ser separada de su forma y de sus derechos; un umbral de indiferencia entre la violencia y la ley, sobre la cual el soberano puede ejercer su poder sin límite alguno.

Aquí Agamben dialoga con Foucault. Cuando el Estado moderno empieza a gestionar la vida biológica de la población -la salud, la natalidad, la demografía- no está inventando nada nuevo. Lo que Foucault situaba en la modernidad, Agamben lo desvela como la raíz arcaica y oculta de todo el poder occidental. Y para comprender la manifestación más extrema de esta lógica, su pensamiento debía viajar al lugar donde la nuda vida fue producida en masa: Auschwitz.

Lo que queda de Auschwitz (1998)

Agamben aclara que, aunque apareció en 1998, este libro corresponde a la tercera parte de su gran proyecto Homo Sacer. Ese proyecto no fue publicado en orden lineal. Agamben fue escribiendo y publicando distintos volúmenes según cómo avanzaba su investigación, no según el lugar que ocupaban en el conjunto.

Lo que queda de Auschwitz es un libro centrado en el problema del “testigo”: es decir, quién puede dar testimonio de la experiencia extrema del campo de concentración y qué límites tiene ese testimonio. No se trata de un libro histórico sobre Auschwitz, sino de una reflexión filosófica sobre el lenguaje, la memoria y la imposibilidad de decir plenamente lo ocurrido.

Dentro de ese marco, Lo que queda de Auschwitz funciona como una pieza clave: muestra el punto extremo de la vida desnuda, allí donde el ser humano queda reducido a pura existencia biológica y el lenguaje mismo se quiebra. Por eso, aunque cronológicamente no sea el tercer libro que publicó, conceptualmente ocupa ese lugar dentro del desarrollo del proyecto.

Auschwitz
Auschwitz

En esta obra, Auschwitz ya no es visto como una anomalía de la historia, sino como el “paradigma biopolítico de lo moderno”. El “campo” es el espacio donde el poder soberano opera directamente sobre la nuda vida, sin necesidad de ninguna mediación. En el corazón de su análisis está la figura del “musulmán”. Este no era un término religioso, sino la jerga de los campos para nombrar a los prisioneros que habían llegado a un umbral de agotamiento y apatía tan extremo que ya no parecían ni vivos ni muertos, ni humanos ni inhumanos.

El término surgió por asociación visual y gestual: esos prisioneros caminaban encorvados, con movimientos lentos y repetitivos, la mirada vacía, el cuerpo abandonado. A los ojos de otros detenidos, esa postura recordaba estereotípicamente la actitud de oración musulmana. Es una denominación brutal, deshumanizante, nacida dentro de un sistema que ya había roto toda referencia ética y simbólica. Así, para Agamben, el “musulmán” es la encarnación perfecta del homo sacer: una vida despojada de toda cualidad, reducida a pura zoé.

A partir de esta figura, Agamben nos enfrenta a la paradoja del testimonio. ¿Quién puede realmente testificar sobre el horror absoluto? El verdadero testigo, el que lo vivió todo, es el “musulmán”. Pero él, por definición, no sobrevivió para contarlo. Quienes sobrevivieron, los testigos que escuchamos, hablan en lugar de aquellos que no pueden hablar, desde una distancia insalvable. El testimonio, entonces, se convierte en un encuentro entre dos imposibilidades: la del que no puede hablar porque lo vivió todo, y la del que habla sabiendo que nunca podrá abarcar esa experiencia.

El "musulmán" en Auschwitz
El “musulmán”

Agamben se da cuenta de que analizar el horror de Auschwitz no es suficiente si no se desmantela su arquitectura legal. El campo no es un fallo del sistema, sino su lógica llevada al extremo. Por eso, su siguiente paso debía ser, necesariamente, una arqueología de ese mecanismo: el “estado de excepción”.

Estado de excepción (2003)

Con Estado de excepción, Agamben emprende la “arqueología del derecho” que Foucault había dejado pendiente. Su tesis es tan extrema como aterradora: el estado de excepción, que fue concebido como una medida temporal para crisis extraordinarias, se ha convertido en el paradigma de gobierno normal en las democracias contemporáneas. Se trata de una zona de anomia, un “vacío de derecho” creado por la ley misma. Es el momento en que la norma es suspendida por el soberano, creando un espacio donde el poder actúa con una “fuerza-de-ley” que es pura violencia, indiferenciable ya del derecho. Para explicar esta relación, introduce el concepto de “bando”.

Estar “en bando” es estar abandonado por la ley. La ley se aplica sobre el “banido” precisamente al retirarse de él, dejándolo a merced del poder. El banido está a la vez excluido y expuesto, abandonado por la ley y, paradójicamente, libre de toda norma, pero entregado a una violencia sin forma. La libertad del banido es una libertad vacía: no hay norma que lo proteja, pero tampoco límite al poder que puede ejercerse sobre él.

El "banido"
El “banido”

La conclusión de Agamben es devastadora: el campo de concentración es una “localización dislocante” donde la vida es inscrita en el orden solo a través de su exclusión. Tras este diagnóstico, se vuelve inevitable la pregunta de si existen herramientas para desactivar esta máquina biopolítica. Y este intento aparece en su próxima obra: Profanaciones.

Profanaciones (2005)

Si Homo Sacer es el diagnóstico, textos como Profanaciones nos ofrecen elementos para la resistencia. Aquí Agamben nos presenta la “profanación” como una praxis filosófica y política fundamental. Para entenderla, es crucial distinguirla de la secularización. La secularización traslada el poder de la esfera religiosa a la profana, pero mantiene intacta la estructura de separación de los dispositivos. Lo que antes estaba en la esfera sagrada pasa a la esfera profana, pero conserva la misma lógica de funcionamiento. Así, el soberano político ocupa el lugar que antes tenía Dios, la ley civil hereda la estructura de la ley divina y el Estado gestiona la vida con categorías que antes eran teológicas.

La profanación, en cambio, desactiva los dispositivos de separación -como religión, derecho, mercado- y devuelve las cosas al uso común de los hombres. Profanar no es destruir ni negar, sino devolver al uso aquello que había sido separado. Algo profanado deja de estar intocable, obligatorio o mercantilizado, y puede ser usado sin un fin impuesto. Profanar, entonces, es un acto de restitución.

Esta práctica está ligada a otro concepto clave: la “inoperosidad”. Se trata de una praxis que desactiva las funciones específicas de un ser, liberándolo de su destino biológico o social. Al volver inoperante una función, la abrimos a una nueva posibilidad de uso. Para Agamben, la política y el arte son los espacios donde estas operaciones de desactivación se revelan y se contemplan como tales.

Libro Profanaciones

Este pensamiento conecta con la idea de “uso” en San Francisco de Asís. Vivere sine proprio, vivir sin nada propio. Ser pobre, nos dice Agamben, no es carecer de cosas, sino “mantenerse en relación con un bien inapropiable”, es decir, usar el mundo fuera de la lógica de la propiedad. Este “uso” es la relación que una verdadera “forma-de-vida” tiene con el mundo. Se trata de una vida cuya relación con el mundo no pasa por el derecho ni por la economía, porque no se funda en la apropiación, el contrato o la acumulación.

En esa relación de uso, la vida no puede separarse de su forma: no hay un sujeto propietario por un lado y objetos disponibles por otro. Por eso para Agamben el uso aparece como una vía para pensar una política distinta, capaz de escapar a la captura soberana y a la lógica económica que domina las sociedades contemporáneas.

En términos concretos, para una persona real hoy, vivir según el “uso” en sentido agambeniano significa cambiar el tipo de relación que se tiene con las cosas, con el trabajo, con el tiempo y consigo mismo. Por ejemplo, en el plano material, no se trata de no tener bienes, sino de no definirse por la propiedad. Usar una casa, un libro o una herramienta sin que eso se convierta en el eje de la identidad o en un capital a maximizar. La lógica dominante empuja a poseer, asegurar, acumular y rentabilizar; el uso, en cambio, apunta a habitar y servirse de lo necesario sin convertirlo en extensión del yo.

En el trabajo y el tiempo, el uso implica no reducir la propia vida a rendimiento. Trabajar para vivir, pero sin que cada capacidad, cada saber o cada instante quede capturado por la productividad. Reservar zonas de la vida que no estén orientadas a la optimización, donde el tiempo no sea un recurso que se explota, sino algo que se comparte, se gasta o incluso se pierde.

En las relaciones y en el lenguaje, vivir en el uso significa no apropiarse del otro ni de las propias palabras. Hablar, enseñar, crear o amar sin convertir esas prácticas en capital simbólico, prestigio o marca personal. El arte y el pensamiento aparecen aquí como espacios privilegiados porque permiten hacer cosas sin que su valor esté dictado de antemano por el mercado o el derecho.

MUjer tocando el piano
“Uso” sin “propiedad”

En síntesis, para Agamben, una persona que vive según el uso no se define por lo que posee, ni por lo que produce, ni por el estatus que acumula. Vive en relación con el mundo, pero sin quedar atrapada en la lógica de la apropiación. El “uso” ofrece, así, un criterio para medir hasta qué punto nuestras vidas están capturadas por el derecho, la economía y la obligación de rendir.

¿Qué es lo contemporáneo? (2006)

El texto “¿Qué es lo contemporáneo?” nace como una conferencia que Agamben dictó en 2006, en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia. Este dato no es menor: allí convergen teoría, práctica y reflexión sobre el espacio urbano, es decir, un ámbito donde el presente se piensa como algo que se diseña, se habita y se transforma, no solo como un objeto de análisis abstracto. Hablar de contemporaneidad en ese contexto implica pensar el tiempo como algo que estructura formas de vida, modos de construir y de intervenir en la ciudad.

 El texto plantea, entonces, una pregunta que puede parecer simple pero que esconde una profundidad sorprendente: ¿qué significa realmente ser contemporáneo? ¿Basta con vivir en el presente para serlo? Agamben nos dirá que no, que ser contemporáneo implica una relación incómoda, desajustada, casi paradójica con nuestro propio tiempo. 

Giorgio Agamben
Giorgio Agamben

Cuando escribe “¿Qué es lo contemporáneo?”, Agamben ya es un filósofo plenamente consolidado, con una obra reconocida a nivel internacional.  Su proyecto “Homo sacer”, que estudia las relaciones entre vida, política y poder, está en un punto muy avanzado de desarrollom por lo que este texto aparece en una etapa de madurez intelectual. Agamben tiene sus conceptos centrales ya definidos y puede permitirse una intervención breve pero densa, pensada más para la enseñanza universitaria que para la polémica inmediata. 

En ese momento de su carrera está especialmente concentrado en la cuestión del tiempo, la actualidad y las formas de vida, dialogando explícitamente con pensadores como Nietzsche, Michel Foucault y Walter Benjamin. Así que estamos aquí ante un escrito “lateral”, un texto que surge casi al margen de sus obras mayores. Sin embargo, condensa problemas que recorren todo su pensamiento: la dificultad de coincidir con el propio presente, la necesidad de mantener cierta distancia respecto de la época sin caer en la nostalgia, y la búsqueda de una posición filosófica capaz de pensar el “ahora” sin quedar atrapado en él.

Entremos, entonces en el texto. Agamben lo divide en siete apartados, y los recorreremos uno por uno.

1.

Nietzsche, Consideraciones intempestivas

El primer apartado abre el seminario con una pregunta doble: ¿a quiénes y a qué podemos llamar contemporáneos? Y más importante todavía: ¿qué significa, en sentido estricto, serlo? Les dice a sus estudiantes que a lo largo del curso van a leer textos de autores muy alejados en el tiempo, junto con otros más próximos o incluso actuales. Pero que la tarea central será siempre la misma: establecer una relación de contemporaneidad con esos textos.

Como primera orientación, Agamben retoma a Nietzsche. En sus Consideraciones intempestivas, Nietzsche buscó pensar su presente desde una posición de desajuste, criticando precisamente aquello de lo que su época se enorgullecía. En particular, criticó la exaltación de la cultura histórica, esa obsesión del siglo XIX por acumular conocimiento del pasado. Así, en su caso, ser contemporáneo implicó introducir una distancia, un desfase respecto del presente. 

Y precisamente a causa de ese anacronismo, por no encajar del todo en su época, Nietzsche sintió que era capaz de percibirla y comprenderla con mayor lucidez. Agamben aclara que esta falta de coincidencia con la propia época no debe confundirse con una huida hacia otro tiempo. No es nostalgia por la Atenas clásica o por la París revolucionaria. Ser contemporáneo implica asumir que, aun cuando se rechace el propio tiempo, se pertenece a él irremediablemente. Incluso quien mantiene una relación crítica con su época sabe que no puede situarse “fuera de ella” ni sustraerse a las condiciones históricas que le han tocado vivir.

2.

La contemporaneidad implica entonces una relación particular, paradójica, con el propio tiempo: se pertenece a él, pero manteniendo una distancia.  Y por tanto, para Agamben, como para Nietzsche, quienes se adaptan plenamente a su tiempo, quienes encajan sin fisuras en sus exigencias, no logran ser contemporáneos, porque esa coincidencia total les impide tomar el presente como objeto de mirada y comprensión.

En el segundo apartado, Agamben recurre a la poesía para profundizar esta idea. Trae a colación  un poema del poeta ruso Osip Mandel’stam, titulado “El siglo”, para pensar la contemporaneidad como una relación desgarrada con el propio tiempo. El poema habla del vínculo vital entre el poeta y su época, una época representada como una “fiera” a la que hay que mirar a los ojos, aun a costa de la propia vida. 

Osip Mandel'stam
Osip Mandel’stam

Trae también una imagen inquietante: la fractura entre el tiempo individual y el tiempo histórico aparece como una “espalda rota” que el contemporáneo encarna y, al mismo tiempo, intenta suturar con su propia sangre. El poeta es esa herida abierta que impide que el tiempo se cierre sobre sí mismo y, a la vez, el gesto imposible de recomponerlo. La contemporaneidad se manifiesta entonces como una tensión extrema: pertenecer a una época desgarrada, sostener su ruptura y enfrentar su mirada extraviada sin reconciliarla ni suavizarla.  Es una imagen violenta, pero que expresa algo fundamental sobre lo que significa habitar el presente de manera consciente.

3.

Llegamos así al tercer apartado, donde Agamben introduce una de las metáforas más sugerentes de todo el texto. Dice allí: 

Contemporáneo es, precisamente, aquel que sabe ver esta oscuridad (…) ¿Pero qué significa “ver una tiniebla”, “percibir la oscuridad”? Una primera respuesta nos es sugerida por la neurofisiología de la visión. ¿Qué cosa adviene cuando nos encontramos en un ambiente privado de luz, o cuando cerramos los ojos? ¿Qué es la oscuridad que entonces vemos? Los neurofisiólogos nos dicen que la ausencia de luz desinhibe una serie de células periféricas de la retina, llamadas off-cells, que entran en actividad y producen esa especie particular de visión que llamamos oscuridad. La oscuridad no es, por lo tanto, un concepto privativo, la simple ausencia de la luz, algo así como una no-visión, sino el resultado de la actividad de las off-cells, un producto de nuestra retina. Ello significa, si volvemos ahora a nuestra tesis sobre la oscuridad de la contemporaneidad, que percibir esta oscuridad no es una forma de inercia o de pasividad, sino que implica una actividad y una habilidad particular, que, en nuestro caso, equivalen a neutralizar las luces que vienen de la época para descubrir su tiniebla, su oscuridad especial, que no es, de todos modos, separable de aquellas luces. Puede decirse contemporáneo solamente quien no se deja enceguecer por las luces del siglo y alcanza a vislumbrar en ellas la parte de la sombra, su íntima oscuridad. Con esto, sin embargo, no tenemos aun la respuesta a nuestra pregunta. ¿Por qué alcanzar a percibir las tinieblas que provienen de la época debería interesarnos? ¿No es quizás la oscuridad una experiencia anónima y por definición impenetrable, algo que no está dirigido a nosotros y no puede, por ello, concernirnos? Al contrario, el contemporáneo es aquel que percibe la oscuridad de su tiempo como algo que le concierne y no deja de interpelarlo, algo que, más que toda luz, se dirige directamente a él. Contemporáneo es aquel que recibe en pleno rostro el haz de tiniebla que proviene de su tiempo.

Agamben nos deja, así, una imagen impactante: recibir en pleno rostro el haz de tinieblas. Eso significa que la oscuridad del presente no es algo lejano o impersonal, sino algo que nos interpela directamente, que nos alcanza de lleno y nos obliga a responder…

Ojo humano

4.

En el cuarto pasaje, Agamben cambia de registro y recurre a una metáfora extraída de la astrofísica. Nos dice que la oscuridad del cielo nocturno es el efecto de una luz que existe y viaja hacia nosotros, pero que no logra alcanzarnos debido a la expansión del universo. En un universo en expansión, las galaxias más distantes se alejan a tal velocidad que su luz no consigue llegar hasta nosotros. 

Por lo tanto, aquello que experimentamos como la oscuridad del firmamento corresponde a una luz que se desplaza vertiginosamente a nuestro alrededor y que, sin embargo, no puede alcanzarnos, porque las galaxias de las que procede se alejan más rápido que la propia luz. Para Agamben, advertir, en la penumbra del presente, esa luz que intenta llegar y no lo logra, es lo que define la contemporaneidad. 

Galaxia

Lo que pretende agregar con esta idea es una comprensión más exigente del presente: se trata de un tiempo saturado de potencias que no se dejan capturar, y cuya oscuridad es precisamente el signo de esa saturación. De ahí que los contemporáneos sean pocos. Y por eso mismo ser contemporáneo exige coraje: implica sostener la mirada en la penumbra de la época y, al mismo tiempo, captar en ella una luz que, dirigida hacia nosotros, se aleja sin cesar. Dicho de otro modo, supone acudir puntualmente a una cita a la que, inevitablemente, se falta.

Esa urgencia adopta la forma de lo intempestivo, del anacronismo que nos permite aprehender nuestro tiempo como un “demasiado pronto” que coincide con un “demasiado tarde”, como un “ya” que es también un “todavía no”. 

5.

Y esto lo conduce a una nueva figura para la comparación. En el quinto apartado, Agamben nos ofrece un ejemplo concreto y muy cotidiano: la moda.  La moda, nos dice, es un caso ejemplar de la experiencia temporal propia de la contemporaneidad. Porque la moda introduce en el tiempo una discontinuidad específica, una línea de corte que separa lo actual de lo inactual, el “estar” o “no estar” a la moda. 

Esa división es inmediatamente reconocible por quienes participan de ella, aunque resulte imposible de fijar con precisión en el tiempo cronológico. Porque, ¿cuándo algo “entra” en la moda? ¿Podemos localizar ese momento en una hora exacta? No coincide ni con la concepción del diseño, ni con su producción, ni siquiera con el desfile… 

La moda

La moda solo se realiza plenamente cuando es asumida y puesta en práctica por personas concretas, y no por las modelos que la exhiben. Las modelos encarnan la moda de manera permanente y, por eso mismo, paradójicamente, nunca llegan a habitarla verdaderamente. El tiempo propio de la moda es, así,  paradójico: siempre se adelanta a sí mismo y, al mismo tiempo, llega tarde, situándose en un umbral inestable entre el “todavía no” y el “ya no”. Su presente resulta inasible…

En cualquier caso, la moda comparte con la contemporaneidad ese leve desajuste que hace que su actualidad contenga siempre una pequeña distancia respecto de sí misma, una sombra de desfase o un habitar un presente que nunca coincide plenamente consigo mismo. Pero hay más. La moda comparte con la contemporaneidad otra dimensión temporal decisiva: al mismo tiempo que separa el presente entre lo que “ya no es” y lo que “todavía no es”, establece una relación singular con otros tiempos. 

En ese mismo gesto, puede volver sobre el pasado, citarlo y ritualizarlo, haciendo reaparecer épocas enteras como los años veinte, los setenta o los estilos más lejanos. Así, la moda es capaz de reactivar lo que había quedado atrás, de volver a poner en circulación aquello que ella misma había declarado obsoleto, conectando tiempos que parecían definitivamente separados.

6.

Agamben llega, entonces, al sexto apartado, en el que profundiza en esta relación con el pasado. Nos dice que esta conexión tiene un reverso decisivo: la contemporaneidad se inscribe en el presente señalándolo como “arcaico”.  En otras palabras, solo puede ser verdaderamente contemporáneo quien es capaz de reconocer, en lo más actual y reciente, las huellas del “origen”.

Por eso, aquí hay que tener cuidado con lo que significa “arcaico”. Lo arcaico no remite a un pasado superado, dejado atrás, sino a aquello que permanece activo en el devenir histórico. Como el embrión en el cuerpo ya desarrollado, o como la infancia en la vida psíquica adulta. Por eso, incluso las formas más modernas pueden revelar un rostro arcaico, una “vecindad con la ruina” que ciertos acontecimientos vuelven visible de manera impactante. 

Agamben apunta aquí a que la modernidad no es un corte limpio con el pasado. En situaciones límite -crisis políticas, guerras, estados de excepción, catástrofes sociales- salen a la superficie estructuras muy antiguas: formas de violencia, exclusión, sacrificio o abandono que parecían superadas. Esos acontecimientos hacen visible, de manera abrupta, lo que estaba latente.

Ruinas

Esta “vecindad con la ruina”, por tanto, no es solo material o histórica, sino conceptual. Significa que lo nuevo convive con lo destruido, que el progreso se apoya sobre restos no resueltos.  Así, las instituciones, las tecnologías o los discursos más actuales pueden funcionar, en el fondo, según lógicas arcaicas de poder, que resurgen cuando el orden se desestabiliza.

En términos de contemporaneidad, esto refuerza la idea de que el presente está fracturado: en él coexisten lo más avanzado y lo más antiguo. Por eso, ser contemporáneo implica entender que el presente no es un tiempo puro, sino un campo atravesado por ruinas todavía activas. Por eso las vanguardias artísticas, en su afán de ruptura, vuelven hacia lo primitivo para reencontrarse, y por eso también, el acceso al presente adopta la forma de una arqueología.

7.

Llegamos, entonces,  al séptimo y último apartado. Aquí, Agamben sostiene que pensar la contemporaneidad exige romper con  la idea de la homogeneidad del tiempo y reconocer en él una división interna.  Quien puede decir “mi tiempo” introduce una corte, una discontinuidad en la linealidad temporal, y es precisamente a través de esa fractura que se vuelve posible una relación entre distintos tiempos.

El presente no es, entonces, un bloque continuo ni homogéneo, es un tiempo quebrado. El contemporáneo no intenta suturar esa ruptura ni ignorarla, sino que habita ese quiebre y lo vuelve productivo.  Agamben habla de convertir esa fisura en “lugar de encuentro entre generaciones”. Allí se puede  entrar en relación viva con el pasado, sin reducirlo a simple antecedente ni a tradición muerta.

Apóstol San Pablo

De este modo, el pasaje retoma varias ideas centrales de Agamben y las articula con la noción del “tiempo mesiánico”, de San Pablo. En San Pablo, el kairós -el “tiempo-de-ahora”- no coincide con el tiempo cronológico (chrónos). No es una fecha, ni un tramo del calendario, ni un momento que pueda señalarse. Es un presente cargado de intensidad, un tiempo que no “se suma” a la línea temporal, sino que la interrumpe y la pone en tensión.

Cuando ese presente mesiánico irrumpe, el pasado deja de ser una secuencia cerrada de hechos ya consumados. Cada acontecimiento anterior puede ser releído como figura, es decir, como algo que anticipa o prefigura lo que está en juego en el ahora.  Así, el pasado no se repite ni se actualiza sin más: se reactiva, adquiere un nuevo sentido desde la urgencia del presente. El tiempo se vuelve entonces no lineal: el presente ilumina el pasado, y el pasado, a su vez, se vuelve significativo solo a partir de lo que se decide o se juega en el “ahora”.

De este modo, la sombra que proyecta la oscuridad del ahora alcanza al pasado y lo vuelve legible de un modo nuevo, permitiéndole responder a las tinieblas actuales. Por ejemplo, frente al dominio contemporáneo de la propiedad y la economía, Agamben relee las reglas monásticas medievales, especialmente franciscanas, como experimentos políticos y no meramente religiosos.

A su vez, las crisis actuales del capitalismo proyectan su sombra sobre ese pasado y permite leer prácticas monásticas como respuestas posibles -aunque no directamente aplicables- a problemas actuales.  El pasado “responde” entonces al presente porque el presente lo interroga desde su propia complejidad.

En este enfoque Agamben articula las perspectivas de Benjamin y Foucault. De  Foucault, toma su genealogía, entendida como efecto de una interrogación del presente, de Benjamin, la idea de una legibilidad histórica que solo se activa en ciertos momentos. 

https://youtu.be/45Ra_D78GEw
Podcast

Agamben combina estos enfoques para sostener que el trabajo filosófico tiene sentido solo si es capaz de responder a las exigencias del presente. Y por eso, para él, si la filosofía no logra captar ese punto de urgencia, esa fisura temporal donde el pasado puede hablarnos de nuevos modos, se convierte en erudición vacía, en comentario académico sin fuerza crítica.

En suma, este texto ocupa un lugar singular dentro de la obra de Agamben porque, sin introducir conceptos nuevos, logra condensar con notable precisión el gesto que atraviesa toda su filosofía: pensar el presente a partir de su quiebre interno.  Tal vez por eso desbordó el ámbito académico y continúa funcionando como referencia en debates sobre arte, política y cultura, al poner en palabras una experiencia ampliamente compartida: la dificultad de pensar un tiempo propio cuyas zonas de oscuridad no dejan de ofrecer desafíos al pensamiento.

Conclusión

Por lo tanto, este recorrido básico por el pensamiento de Agamben nos muestra que el autor no busca cerrar con respuestas ni ofrecer consuelos, sino dejar a la vista la estructura profunda que organiza nuestras formas de gobierno y nuestra relación con la vida. Su análisis se concentra deliberadamente en la tradición occidental, porque es allí donde se formaron las categorías jurídicas, políticas y teológicas que todavía nos gobiernan, aun cuando reconoce que hoy pueden darse procesos muy semejantes en otros contextos culturales, también en Oriente.

Esa elección no es etnocéntrica, sino metodológica: Agamben investiga el lugar histórico desde el cual hablamos y pensamos. Su filosofía incomoda precisamente por eso: porque no señala anomalías externas, sino que devuelve a Occidente la imagen de sus propios dispositivos, obligándonos a interrogarnos sobre la normalidad política en la que vivimos. Y aun con la dureza de su diagnóstico, la filosofía de Agamben no es de puro desencanto.

Giorgio Agamben

Lo que todavía espera es la posibilidad de una vida que no esté completamente capturada por las lógicas del derecho, la economía y la soberanía. Esa esperanza no adopta la forma de un proyecto político clásico ni de una promesa histórica, sino de gestos concretos de desactivación: modos de vivir, pensar y crear en los que la vida no se separe de su forma. En el uso común del mundo, en el arte, en el pensamiento y en ciertas prácticas comunitarias, Agamben vislumbra la posibilidad de una política distinta, frágil y sin garantías, pero real: una vida que ya no necesite justificarse ante el poder para poder ser vivida.

Referencias

Nietzsche, F. (2006). Consideraciones intempestivas. Madrid: Alianza.

Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo. Madrid: Trotta.

Benjamin, W. (1971). Tesis sobre la filosofía de la historia, en Iluminaciones. Madrid: Taurus, 1971.

Weil, S. (2002). Escritos políticos. Madrid: Trotta.

Foucault, M. (2002). Historia de la sexualidad, vol. I: La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI.

Agamben, G. (1996). La comunidad que viene. Valencia: Pre-Textos.

Homo sacer I. (1998). El poder soberano y la nuda vida. Valencia: Pre-Textos.

(2000). Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Valencia: Pre-Textos.

(2004). Estado de excepción. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

(2005). Profanaciones. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.

(2011). ¿Qué es lo contemporáneo? en Desnudez. Buenos Aires: Adriana Hidalgo, 2011.


Agamben, G. Homo Sacer I https://filosofiaenimagenes.com/wp-content/uploads/2025/12/agamben-giorgio-homo-sacer-vol-i.pdf

Agamben, G. Estado de excepción https://filosofiaenimagenes.com/wp-content/uploads/2025/12/Agamben-Giorgio-Estado-de-excepcion-Adriana-Hidalgo.pdf

Agamben, G. Profanaciones https://filosofiaenimagenes.com/wp-content/uploads/2025/12/Agamben-G.-Profanaciones-ocr-2005.pdf

Agamben, G. ¿Qué es lo contemporáneo? https://filosofiaenimagenes.com/wp-content/uploads/2025/12/agamben-que-es-lo-contemporaneo-3.pdf

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