En esta entrada sobre los aspectos filosóficos de la obra de John Milton recorreremos tres de sus principales obras en las que el autor muestra la libertad como el núcleo mismo del drama humano: una fuerza capaz de sostener el orden o de hacerlo caer. En efecto, mientras Shakespeare dramatizaba los dilemas políticos y psicológicos de la acción, Milton los traslada al plano cósmico y teológico. Sus ensayos y dramas poéticos construyen un espacio donde la criatura libre se mide con Dios, con el mal y con el juicio de su propia conciencia.

Milton nace en 1608 en Londres, hijo de un comerciante acomodado que fomenta su educación humanista. Se forma en St. Paul’s School y luego en la Universidad de Cambridge, donde estudia letras clásicas y teología. La educación que recibe desde joven le proporciona un dominio profundo de las literaturas griega y latina, lo que le permite dialogar con Homero, Virgilio y los grandes trágicos, al mismo tiempo que con la Biblia y la teología reformada.
Este doble horizonte -clásico y cristiano- resulta fundamental para comprender cómo Milton construye sus personajes y sus dilemas; se trata de encarnaciones de tensiones filosóficas de largo alcance. A diferencia de otros autores religiosos, Milton presenta sujetos en conflicto, atravesados por decisiones que no pueden reducirse a una moral simple.
Vida y obre de John Milton https://biteproject.com/john-milton
Por otra parte, Milton no es solo poeta: es un intelectual profundamente comprometido con los acontecimientos de su tiempo. Vive la Guerra Civil inglesa, defiende la causa republicana y trabaja como secretario para el gobierno de Oliver Cromwell. Este contexto histórico permite entender por qué Milton sitúa la libertad en el centro de su obra. El siglo XVII inglés es uno de los períodos más agitados de la historia política europea. La disputa entre el Parlamento y la Corona culmina en una guerra civil que termina con la ejecución del rey Carlos I en 1649, un acto sin precedentes que sacudió las conciencias de toda Europa. Milton no solo asiste a este proceso como testigo: participa activamente, redacta textos en defensa del regicidio y sirve al nuevo gobierno republicano.
De manera que cuando la monarquía es restaurada, en 1660, todo aquello por lo que Milton había luchado se derrumba, y él mismo queda expuesto a represalias que solo la intervención de amigos influyentes logra atenuar. En este sentido, su pensamiento sobre la libertad no puede separarse de su comprensión de la tiranía. Para él, obedecer a un poder ilegítimo es una forma de renuncia a la propia responsabilidad, y la resistencia frente al opresor puede convertirse en un deber moral. Aquí se advierte con claridad la conexión entre su pensamiento político y su concepción moral: la libertad no es solo una facultad interior, sino también una condición que debe sostenerse en el plano colectivo.
Tras la Restauración monárquica, Milton queda políticamente derrotado y pierde progresivamente la vista. Es en esa etapa final, ciego y aislado, cuando compone sus grandes poemas. El hecho de dictar sus obras a sus hijas o a amigos cercanos, sin poder leer ni escribir por sí mismo, convierte el acto de creación en una forma de resistencia. En su obra, la narración pone en escena conflictos profundos: la duda, la seducción, el miedo, el orgullo, la lealtad y la traición.
Al conducir al lector a seguir las deliberaciones internas de Satanás, de Adán y Eva o de Sansón, Milton los convierte en sujetos activos de decisiones morales complejas, sin ofrecer respuestas simples. Sus personajes descubren, con frecuencia de manera dolorosa, lo que implica ser libres y responsables. Y esto significa que la respuesta moral no aparece como algo dado de antemano, sino como algo que se descubre en el proceso mismo de decidir.
Principales obras
Así, la libertad se configura como el problema central de su obra y para comprenderlo recorreremos aquí tres de sus obras fundamentales: El paraíso perdido, El paraíso recobrado y Sansón agonista, dado que permiten observar tres momentos complementarios de su pensamiento sobre la cuestión: la caída por desobediencia, la fidelidad y la resistencia, y la acción final frente a la derrota.

A su vez, cada una de estas obras surge en un momento preciso de su vida y lleva consigo el peso de circunstancias personales e históricas específicas. El paraíso perdido, escrito durante los años posteriores a la Restauración monárquica y publicado en 1667, refleja la desolación de quien ha visto fracasar un proyecto político que consideraba justo. El paraíso recobrado y Sansón agonista, publicados en 1671, muestran a un Milton que ya ha procesado esa derrota y busca comprender el sentido del sufrimiento y de la resistencia desde una perspectiva más íntima y austera. Por otra parte, la elección de temas bíblicos y épicos constituye una estrategia deliberada; es el intento de elevar los conflictos del presente a un nivel de universalidad que les permita hablar más allá de su tiempo.
El paraíso perdido

El paraíso perdido es un poema épico de carácter teológico y filosófico. Retoma la forma clásica de la épica (como La Ilíada o La Eneida), pero en lugar de narrar hazañas heroicas humanas, presenta un conflicto cósmico: la caída de Satanás, la creación del mundo y el pecado original de Adán y Eva. Está escrito en verso blanco (sin rima) y desplaza el centro de la épica hacia problemas como el libre albedrío, la obediencia y el mal, lo que lo convierte en una obra donde la acción narrativa está al servicio de una reflexión filosófica profunda.
Milton narra que Satanás había intentado enfrentar a Dios y había perdido. Como castigo, es expulsado del cielo junto a los ángeles que lo siguieron y arrojado a un abismo de fuego y oscuridad. Su caída es total, pero no decae su voluntad. Lejos de aceptar la derrota, Satanás se incorpora entre las ruinas ardientes y toma una decisión que lo define: él no se someterá, si no puede ocupar el lugar más alto, hará del más bajo su propio dominio. Dice:
Y desde ese momento, su caída deja de ser un final para convertirse en el inicio de un nuevo propósito. Aquí aparece una de las intuiciones más fuertes de Milton: la libertad no desaparece con la derrota. Puede persistir, pero también puede degradarse. Así, la decisión de Satanás no es simplemente rebelarse, sino redefinir su propia condición en términos de poder. De lo que se trata ahora es de una voluntad que se afirma a sí misma sin medida. Así continúa Satanás:

Mientras tanto, en otro plano, existe un jardín perfecto. Allí viven Adán y Eva, sin dolor, sin culpa, sin conciencia del mal. Todo les ha sido dado, salvo una única prohibición: no deben comer del “fruto del árbol del bien y del mal”. Se trata de un límite que hace posible la libertad, una condición que le da sentido, porque solo donde hay límite puede haber elección. Sin esa posibilidad de transgredir, no habría obediencia verdadera, sino simple automatismo. Así, dice el poema que Satanás

Satanás logra, entonces, entrar en el Edén y comprende que la tentación no puede ser directa: debe presentarse como una posibilidad legítima. Y finalmente actúa; se acerca a Eva y le propone otra forma de verse a sí misma: no como una criatura que debe obedecer, sino como alguien capaz de saber, de elevarse, de ser más. La tentación no es el placer, es el conocimiento. Y en ese punto la escena se vuelve filosóficamente decisiva porque el mal se le presenta como una forma de perfeccionamiento.
Eva duda, y esa duda es clave, porque muestra que la decisión no es impulsiva, sino deliberada. Finalmente, elige, y en ese instante, todo cambia porque a inocencia se rompe. Aparece la conciencia aparece y el mundo deja de ser transparente. Cuando le ofrece el fruto a Adán, él comprende lo que está en juego, y aunque sabe que es un error, también sabe que, si no come, la perderá para siempre; entonces elige por amor.

Este momento es uno de los más complejos de toda la obra: la caída se explica por un conflicto entre valores porque Adán debe elegir entre obedecer o perder a Eva.Y esa tensión introduce una dimensión trágica en la decisión. A partir de ese hecho, el paraíso comienza a deshacerse. La armonía se rompe y aparecen la culpa, el miedo, la vergüenza. Lo que antes era natural se vuelve problemático. De modo que la relación con el propio cuerpo cambia y la relación con el otro se vuelve conflictiva. La muerte entra en la historia y, finalmente, son expulsados. Eva y Adán salen, entonces, del jardín hacia un mundo desconocido, cargando con las consecuencias de su decisión.
Pero algo permanece: la posibilidad de seguir eligiendo.Y esto es decisivo: la caída no anula la libertad, la transforma. Aquí se concentra el núcleo del pensamiento de Milton, que nos está diciendo que el mal no proviene de Dios, sino de una voluntad que se desvía. Y sin posibilidad de desobedecer, la obediencia pierde todo valor.
Por su parte, la figura de Satanás encarna, así, una forma de libertad que se absolutiza y, en ese mismo gesto, se destruye. Cada decisión que toma lo encierra más en sí mismo, lo vuelve menos capaz de reconocer al otro, menos capaz de salir de su propia lógica. Se convierte en una voluntad que se ha vuelto incapaz de corregirse. Adán y Eva, en cambio, representan la condición humana en su ambivalencia. Son frágiles, pero pueden reconocer el error, arrepentirse, proyectarse hacia el futuro. La libertad, en este caso, consiste en poder hacerse cargo de las propias decisiones, de manera que se introduce una idea clave: la responsabilidad no desaparece con el error, sino que comienza allí.
El paraíso recobrado
En El paraíso recobrado, Milton pasa de una épica de la acción a una épica de la interioridad. El héroe ya no se define por hazañas visibles, sino por su capacidad de resistir, discernir y mantenerse firme. Esa diferencia hace que, aunque formalmente pertenezcan al mismo género que El paraíso perdido, la experiencia de lectura sea muy distinta y, para muchos, El paraíso recobrado resulte más “sobrio” o incluso menos espectacular.
En esta obra el problema de la libertad adquiere una nueva forma vinculada a la resistencia. Tras la expulsión del paraíso, la existencia humana se configura como un espacio en el que cada decisión tiene peso propio y exige sostener una orientación en condiciones adversas, sin apoyo en una inocencia previa. En este marco aparece Jesús, solo en el desierto, despojado de poder visible y de reconocimiento, sin recurrir a acciones espectaculares, en silencio y en ayuno, atravesando una prueba que no se presenta de manera inmediata pero que recorre y estructura toda su experiencia.
Entonces regresa Satanás bajo una forma que se integra en el diálogo más que en la confrontación abierta: habla, propone, sugiere y orienta la escena hacia lo más inmediato, el hambre, planteando la posibilidad de convertir las piedras en pan. La propuesta resulta razonable y carece de rasgos que la vuelvan, en apariencia, condenable, pero introduce un desplazamiento decisivo al dirigir el poder hacia la satisfacción de una necesidad propia. Dice Satanás a Jesús:

Jesús reconoce el hambre y, sin embargo, no actúa, y en ese gesto se define una idea central: la libertad se ejerce como discernimiento de lo que corresponde hacer. La tentación se desplaza entonces hacia el mundo y adopta la forma del poder, el dominio y el reconocimiento, cuando Satanás le ofrece reinos, autoridad y la posibilidad de gobernar como una opción disponible. En este punto la prueba se vuelve más sutil, porque introduce un camino que se presenta como acceso inmediato a un bien en apariencia legítimo.
Jesús se mantiene firme y no toma ese camino hacia el poder, no por rechazo del poder en sí, sino por la exigencia del modo en que debe ser alcanzado. La tentación llega así a su punto más alto y se desplaza hacia el sentido mismo de la fe, cuando aparece la posibilidad de exigir una señal o provocar una manifestación divina. Sin embargo, Jesús sostiene su decisión sin recurrir a pruebas ni a confirmaciones externas, y en ese gesto se afirma una forma de libertad particularmente exigente, capaz de mantenerse sin apoyos visibles.
Entonces, Satanás se retira y la escena se cierra sin caída ni ruptura, pero también sin un triunfo espectacular, en una victoria que se afirma en el silencio y desde allí redefine el sentido del paraíso como posibilidad más que como lugar, ligada a una voluntad que se sostiene. En este marco, la libertad se manifiesta en la capacidad de mantener una orientación frente a la presión constante y abre una dimensión específica: la libertad entendida como perseverancia, desplegada como continuidad antes que como un momento aislado. Dice Milton cerca del cierre de su obra:

Sansón agonista
Sansón había sido fuerte como nadie, elegido, temido e invencible, y ahora se encuentra ciego, encadenado y convertido en espectáculo, exhibido y humillado por sus enemigos, obligado a trabajar como un animal, en una situación en la que nada parece conservar del héroe que fue. Sin embargo, algo persiste, porque en la oscuridad comienza a pensar, vuelve sobre sí mismo, recuerda su fuerza, su misión y también su error sin atribuir su situación al destino ni a otros.
El héroe había sido consagrado a Dios como nazareo, lo que implicaba, entre otras cosas, no cortarse el cabello, y ese voto funcionaba como signo de un vínculo más que como un rito externo, de modo que al traicionarlo pierde tanto su fuerza física como aquello que le daba sentido, en una caída que responde a una decisión y no a un accidente. Ahora vive sus consecuencias y en ese punto se vuelve visible algo central: la libertad permanece incluso cuando todo parece perdido y adquiere mayor claridad en la derrota, cuando ya no quedan excusas posibles, mientras a su alrededor otros hablan, algunos intentan consolarlo y otros lo provocan, ofreciendo resignación, adaptación o incluso olvido.

Sansón no toma esas salidas porque comprende con lucidez su situación, reconoce lo que perdió y advierte que aún conserva la posibilidad de decidir qué hacer con lo que queda de sí mismo, de modo que la libertad se presenta ya sin dispersión de opciones y se concentra en un punto extremo.
El margen desaparece, las alternativas cómodas dejan de existir y la situación exige una definición entre actuar o no hacerlo, hasta llegar al momento final en el que es llevado al templo de sus enemigos en medio de una celebración, colocado entre las columnas como parte del espectáculo, ciego, debilitado y aparentemente vencido, y es allí donde toma su última decisión sin buscar escapar, sin intentar negociar y sin esperar una intervención externa: actúa, reúne lo que le queda de fuerza y derriba las columnas que sostienen el edificio. Hace de cir Milton a Sansón en los últimos minutos:

El templo se desploma, sus enemigos mueren con él y en ese gesto todo se redefine, porque la derrota se transforma en acto sin ofrecer una redención simple ni una salida sin costo, afirmando con claridad que incluso en el límite y en la destrucción la libertad sigue siendo posible, siempre ligada a una decisión concreta, lo que introduce una dimensión particularmente compleja.
La acción de Sansón adquiere así un carácter irreductible a una moral unívoca, ya que no se deja clasificar como heroica o condenable de manera simple, sino que mantiene una ambigüedad que constituye su relevancia filosófica, en la medida en que la libertad no garantiza pureza moral sino responsabilidad, incluso cuando no hay una salida clara y toda opción implica pérdida, porque el sujeto sigue siendo responsable de aquello que decide hacer.
Claves filosóficas de la obra de Milton
Si se consideran estas tres obras en conjunto, el perfil filosófico de John Milton se presenta con una marcada coherencia, articulado como una red de problemas que se iluminan mutuamente, en la que la influencia de la teología del libre albedrío ocupa un lugar central. Esta teología sostiene que el ser humano ha sido creado con la capacidad de elegir entre el bien y el mal, una idea que recorre toda su obra como una exigencia que implica exponerse al error y asumir la ausencia de garantías previas. En este marco, su pensamiento se vincula también con el racionalismo protestante, donde la fe se configura como una decisión que requiere comprensión y apropiación personal, sin una mediación absoluta de autoridad externa que garantice la verdad, lo que refuerza la centralidad del individuo y amplía su responsabilidad, ya que cada sujeto debe responder por lo que cree y por lo que hace.
A la vez, se advierte una cercanía con el estoicismo moral, especialmente visible en El paraíso recobrado, donde la idea de autodominio y firmeza frente a la adversidad permite pensar la libertad como capacidad de sostener una orientación frente a las presiones externas. En esta misma línea, su obra otorga una importancia decisiva al lenguaje, en continuidad con la raíz aristotélica que en la Política define al ser humano como un animal dotado de logos, es decir, de palabra y razón, lo que permite la deliberación sobre lo justo y lo injusto y la constitución de una vida propiamente humana.

Por otra parte, Milton recibe la influencia del neoplatonismo a través de Plotino, lo que se refleja en la concepción jerárquica del universo y en la idea de que toda realidad procede de una fuente suprema de luz y verdad que ordena tanto el plano cósmico como el interior del alma. A esto se suma su afinidad con la tradición republicana que sostiene la resistencia al tirano y afirma que la autoridad debe fundarse en el consentimiento y la responsabilidad de los ciudadanos, una influencia que remite a la tradición clásica romana, en especial a Cicerón y Tito Livio, cuyas obras exaltan la virtud cívica, el rechazo de la tiranía y la primacía del bien común.
De este modo, todo converge en una convicción central: la libertad constituye el núcleo de la dignidad humana, ya que la obediencia adquiere sentido cuando existe la posibilidad de desobedecer y el mérito se inscribe en el riesgo de la caída. En contraste con el determinismo calvinista predominante en su contexto, que tendía a concebir la salvación como resultado de la gracia divina al margen de los méritos individuales, Milton sostiene una visión en la que son las elecciones humanas las que poseen peso y consecuencias reales.
En este punto reside, entonces, la fuerza del pensamiento de John Milton, un pensamiento que sostiene esa complejidad sin reducirla, mostrando que siempre existe la posibilidad de la rebelión, pero también la de la fidelidad, y que allí se juega de manera constante el drama del mundo.
Referencias
Milton, J. (2005). Areopagítica. México: UNAM.
Milton, J. (2006). El paraíso perdido. Madrid: Cátedra.
Milton, J. (2008). El paraíso recobrado. Madrid: Cátedra.
Milton, J. (2008). Sansón agonista. Madrid: Cátedra.
Milton, J. Aeropagítica https://drive.google.com/file/d/164MleyyseqOarR5hYRyoiMh2s1QsttFC/view?usp=sharing
Milton, J. El paraíso perdido https://drive.google.com/file/d/1aD6ElDy24QvNETbXYeVCQoXYXeXoBWPb/view?usp=sharing
Milton, J. El paraíso recobrado https://drive.google.com/file/d/1lMNzsi0UX_FggCYKkZxQdm2is2MCZqWa/view?usp=sharing
Milton, J. Sansón agonista https://drive.google.com/file/d/1OfKVpAPH5fjGWZ3V3ThnW_I0xXTkVnEj/view?usp=sharing




